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Un policía local y su móvil sitúan a Alexander donde secuestraron a Raimundo Toledo

El amante de Sandra, la presunta ‘cerebro’ del crimen, tampoco tiene coartada para el día en que asesinaron al empresario tinerfeño; el tercer encausado insiste en que, cuando se fue, seguía con vida
La víctima es el empresario tinerfeño Raimundo Toledo. DA

Si la segunda jornada del juicio que desde esta semana celebra la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife por el secuestro y asesinato del empresario tinerfeño Raimundo Toledo fue muy mala para los intereses de Sandra P. R. considerada por la Fiscalía la cerebro de este crimen, ayer tampoco fue, precisamente, un buen día para Alexander R. R., amante de la primera y segundo de los encausados que ha declarado en esta vista oral.

Ello se debe a que Alexander, a pesar de que presenta un relato defensor mejor armado que su compañera, quedó ayer en evidencia cuando un agente de la Policía Local de Santa Cruz de Tenerife lo identificó, sin lugar a dudas, como la persona con la que estuvo hablando “más de 20 minutos y a un metro de distancia” cuando, fuera de servicio, esperaba por su novia en la santacrucera calle de Enrique Marco Dorta, una vía sin salida a la que se accede desde la parte alta de 25 de julio.

El agente detalló que también identificó a Diego Claudio, el australiano de origen argentino asimismo acusado, en aquel coche, donde, según la Fiscalía, acecharon durante horas a Raimundo Toledo en la tarde del 15 de diciembre de 2015 hasta que este apareció. Le dijeron que esperaban por un jefe que les debía dinero, justo lo que declaró Diego Claudio, que sí reconoce haber participado bajo engaño en el secuestro, pero que asegura haber dejado con vida a Toledo junto a Alexander cuando se despidió de este, ya en el Sur.

Mientras hablaba con el agente, Alexander (al que también reconoció el policía en una rueda de reconocimiento y en una revisión fotográfica, como a Diego Claudio) estaba todo el rato tecleando un móvil que también, rastreada la señal, lo sitúa en el lugar donde se desencadenaron tan terribles hechos.

Otro dato sobre Alexander (quien niega toda participación en los hechos) es que, como también demostraron las acusaciones ayer, no tiene coartada alguna desde el mediodía a la medianoche de la jornada de autos, sin dar más explicación que, dice, haber estado todas esas horas en un trastero.

En cuanto a Diego Claudio, un argentino nacido en Australia a cuenta de la emigración, insistió en su versión. Es el único que reconoce lo que ayer se antojó evidente: que Alexander y él redujeron a Raimundo en Santa Cruz (varios testigos más lo confirmaron ayer), pero insiste en que nada tuvo que ver con la muerte (a palos, según la Fiscalía) del empresario. El momento más duro de la sesión de ayer llegó con la declaración de la viuda de la víctima, quien, al ser preguntada por si solicitaba algún tipo de indemnización, respondió con una frase: “¿Yo? ¡Yo lo que quiero es que se haga justicia!”.

Resta recordar que la Fiscalía pide 31 años y nueve meses de prisión para cada uno de los tres encausados por este crimen.

Así se produjo el crimen, según lo considera probado la Fiscalía

Según la Fiscalía, Sandra P. consideró que Raimundo era un obstáculo que dificultaba seriamente el proceso de apartar al sobrino del empresario de las sociedades familiares, por lo que “decidió su eliminación”. Para ello se puso de acuerdo con su amante, Alexander R. R., y compró el Seat Toledo que usaron para secuestrarlo, así como una pistola de aire comprimido con la que lo amenazaron.

Después, Sandra y Alexander contactaron con Diego Claudio y, tras los preparativos, el 15 de diciembre de 2015 los dos varones presuntamente se desplazaron hasta las inmediaciones de la vivienda de la víctima y la esperaron durante más de cuatro horas.

Cuando Raimundo llegó en su Honda CRV, Alexander se subió en el asiento del copiloto y Diego en la parte trasera. En la avenida 25 de Julio, Toledo trató de escapar, pero el cubano lo metió de nuevo en el vehículo. Horas después, los bomberos apagaron el incendio del Honda CRV, con el cadáver de Toledo dentro, en la Montaña de la Centinela, siempre según la versión de las acusaciones.

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