Tribuna

Fukuyama y la identidad

El que fuera gran gurú de la teoría del fin de la historia en los años noventa del siglo XX, tras el colapso de la izquierda marxista simbolizada en la caída del muro de Berlín y la perspectiva del triunfo de las democracias liberales como única fórmula de progreso del mundo, la economía como gramática […]

El que fuera gran gurú de la teoría del fin de la historia en los años noventa del siglo XX, tras el colapso de la izquierda marxista simbolizada en la caída del muro de Berlín y la perspectiva del triunfo de las democracias liberales como única fórmula de progreso del mundo, la economía como gramática de la política, el estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama, acaba de publicar en España su último libro, de título muy atractivo: Identidad. La demanda de dignidad y las políticas del resentimiento (Barcelona, Deusto, 2019). La aireada predicción de Fukuyama del “fin de la historia”, adelantada en un pequeño ensayo de 1989, tuvo quizá su máximo desmentido con los sucesos del 11 de septiembre de 2001, que abrieron una nueva era del devenir de la humanidad que llega a nuestros días. Y es desde esos sucesos desde donde arranca este nuevo análisis del profesor de la Universidad de Stanford para demostrarnos que el nuevo giro de tales acontecimientos estaría bajo la influencia de lo que él mismo llama, siguiendo a Hegel una vez más, la lucha por la dignidad de movimientos sociales de distinto signo, desde los populismos excluyentes de algunos países de nuestros días hasta las luchas por el reconocimiento de derechos de otras minorías.

Fukuyama denuncia en las páginas de su nuevo libro un uso de la identidad nacional cuando esta se asocia a un sentido excluyente de pertenencia étnica conocido como etnonacionalismo, el que conlleva la negación del otro, su persecución. Pero, al mismo tiempo, valora una identidad nacional vinculada a un sentido inclusivo, algo fundamental para la estabilidad y el éxito de un orden político que se precie. Una identidad forjada en torno a valores políticos liberales y democráticos que ha de procurar una paz interna: “Las grandes unidades políticas son más poderosas que las pequeñas y pueden protegerse mejor”. Y los ejemplos que pone al respecto nos quedan muy cerca. Habla de un Reino Unido más fuerte con Escocia incorporada, o de una España más solvente sin Cataluña segregada. La identidad nacional inclusiva procura además gobiernos de mayor calidad; facilita el desarrollo económico, como ha sucedido en Japón, Corea del Sur y China; genera un radio amplio de confianza; mantiene fuertes redes de seguridad social para mitigar las desigualdades económicas de sus miembros, y, por último, una identidad nacional sólida también procura una conciliación de los ciudadanos con su sistema político.

Cuando esta identidad nacional se cuartea por distintos motivos, como es el caso de la inmigración en Europa o en EE.UU., entonces aparecen los nacionalpopulismos representados por lo que es el Frente Nacional de Francia, el Partido por la Libertad en los Países Bajos, el Fidesz de Viktor Orbán en Hungría, AfD en Alemania, los Brexiteers en el Reino Unido, o el mismo Trump en América del Norte, donde hoy existe una población de entre once y doce millones de extranjeros indocumentados. Muy precisas y clarificadoras son las páginas que Fukuyama dedica al origen de los nacionalismos y a la contribución de un teórico como Johann Gottfried Herder, el filósofo prerromántico alemán nacido en la Prusia oriental en 1744 que injustamente se ha considerado un precursor lejano de Adolf Hitler. Según Fukuyama, Herder compartía muchas de las ideas ilustradas de Kant, pero su visión del mundo era mucho más amplia y afirmó con rotundidad en época tan temprana que existía una sola especie humana, desmintiendo a aquellos otros teóricos que establecían jerarquías entre las razas del mundo. Adelantado a su tiempo, Herder simpatiza con los africanos esclavizados y llega a declarar que las culturas del mundo se miden por la forma en que tratan a las mujeres. Asimismo, argumentaba que cada comunidad humana es única y distinta de sus comunidades vecinas, y que el clima y la geografía determinaban en gran parte la identidad de esos pueblos. Contra el espíritu colonizador europeo, lanzó un gran grito y vino a decir que nadie piense que el arte humano con poder despótico puede transformar de golpe una región extranjera en otra Europa. Conocedor del afrancesamiento de los principados germanos, defendió que los alemanes tenían que sentirse orgullosos de su propia cultura y tradiciones “en lugar de ser franceses de segunda categoría”. En Herder debemos situar el origen de un nacionalismo racional e inclusivo, la búsqueda de las identidades a través de las claves culturales.

Otras son las derivas religiosas que rigen hoy en parte del mundo civilizado. Fukuyama se refiere a los problemas de ausencia de identidad de los jóvenes musulmanes de segunda generación que crecen en comunidades de inmigrantes en Europa occidental y sufren cifras de desempleo casi generalizado y de consecuente marginación. Estos son los cachorros que, desde su resentimiento, se refugian en el terrorismo yihadista como fórmula para sentirse parte de algo, pues, como afirma Olivier Roy, citado por Fukuyama, estos musulmanes de segunda generación están atrapados entre dos culturas, la de sus padres, que rechazan quizá por servil, y la de sus países adoptivos, que no los acepta.
Según Fukuyama, en estos jóvenes pesa más la búsqueda de una identidad clara que la práctica de una religiosidad genuina, aunque las doctrinas religiosas radicales no puedan desvincularse así como así de los comportamientos aludidos contra sus países de acogida.

Con Identidad, Francis Fukuyama vuelve a hacernos pensar y a mirar el mundo como un calidoscopio donde se mueven comunidades preocupadas de una u otra manera por lo que el muy seguido Hegel nos dejó dicho: lo que impulsó la historia humana fue la lucha por el reconocimiento, el reconocimiento de la dignidad humana en todas y cada una de sus circunstancias, sea por la pertenencia a una nación, a una religión, a una secta, a una cultura o a una tendencia sexual, entre otras.