Tribuna

A don Alfredo Pérez Rubalcaba

Escribo estas líneas desde Madrid, tras haber pasado la mañana en el Congreso de los Diputados, en la capilla ardiente de mi amigo Alfredo Pérez Rubalcaba. Vengo emocionado con lo que he visto. No es un político más. Lo demuestran las decenas de miles de personas que veo hacer cola para, sin conocerle, mostrarle sus […]

Escribo estas líneas desde Madrid, tras haber pasado la mañana en el Congreso de los Diputados, en la capilla ardiente de mi amigo Alfredo Pérez Rubalcaba. Vengo emocionado con lo que he visto. No es un político más. Lo demuestran las decenas de miles de personas que veo hacer cola para, sin conocerle, mostrarle sus respetos y reconocer su gran aportación a nuestro país. Se nos acaba de ir uno de los más grandes protagonistas de la historia de la democracia española. La trascendencia histórica de Alfredo es tanta que está siendo reconocida por propios y ajenos, por amigos y enemigos, o mejor dicho, rivales.

Su marcha, además, ha sido inesperada y brusca. Se había retirado de la política y había vuelto a sus clases de Química Orgánica en la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Complutense de Madrid, pero seguía muy presente en la vida del partido, como un faro. Estaba informado, era un referente para los socialistas, de la misma manera que siempre un referente para sus rivales. Eso de ‘a nuestro partido le falta un Rubalcaba’ se lo escuché yo unas cuantas veces a políticos de formaciones rivales. Orador espectacular, el discurso que pronunció en la Conferencia Política del PSOE en 2013 es para mí uno de los mejores discursos, sino el mejor, que le he escuchado a un político en la historia democrática de nuestro país.

Con Alfredo había Química, ambos éramos doctores en Ciencias Químicas, él en Química Orgánica y yo en la de Química Física, y compartíamos pasiones: por la docencia y, también, por la política. Era una persona de una inteligencia abrumadora, brillante, con un sentido del humor fino y siempre respetuoso, además de un trabajador incansable.

Lo conocí hace ya unos cuantos años. Su padre era tripulante en Iberia. Era el tercer hombre de la cabina de un Jumbo 747, ese que antes de la llegada de tanta tecnología operaba las redes radiotelegráficas. Me comentó que tenía un hijo que acababa de terminar la licenciatura en Química y que, como yo, era profesor no numerario de la Universidad (él de la de Madrid, yo de la de La Laguna). Tan solo dos meses más tarde nos conocimos. Era 1972, aún en el franquismo, donde muchos profesores universitarios ya militábamos en la clandestinidad, él en el PSOE y yo en el PSP de Enrique Tierno Galván.

En sus más de 30 años de servicio público, Alfredo Pérez Rubalcaba dejó huellas que supusieron avances espectaculares para nuestra sociedad. Lo hizo primero como ministro de Educación, al ser el impulsor de la LOGSE, la ley que hizo verdaderamente democrática a la educación en nuestro país, dotando de autonomía a los centros escolares y otorgando competencias a las Comunidades Autónomas para definir contenidos y poner en valor la diversidad.

En su labor como ministro de Interior, fue una de las personas más importantes para acabar con la pesadilla del terrorismo en España. Dotó de moral, medios, personal y liderazgo a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que fueron debilitando a ETA hasta el punto que no les quedó más opción que la disolución.

En Canarias tuve el honor de ser delegado del Gobierno cuando él era ministro de Interior. Fue en la época de la llamada crisis de los cayucos, en la que se volcó con nuestra realidad. Se interesaba casi a diario por cómo se iba sucediendo todo. Recuerdo que consiguió en tiempo récord cuatro patrulleras para reforzar el Servicio Marítimo de la Guardia Civil (por él dispone este cuerpo de los llamados buques oceánicos, mayores y de más alcance), cómo reaccionó rápidamente cuando hubo que reforzar los SIVE o cómo estuvo encima de los acuerdos que se fueron alcanzando con los países de África Occidental más próximos a Canarias para incrementar el control de las salidas de cayucos y evitar así más muertes en el mar.

Le recuerdo un especial empeño en la lucha contra los tráficos ilícitos, de estupefacientes o de capitales, y no lo hacía con declaraciones, sino siempre pensando en cómo y con qué medios se podía hacer más efectivo en su labor a cada cuerpo específico del Cuerpo Nacional de Policía o de la Guardia Civil.

Me dio ejemplos que no olvidaré nunca. En la campaña de las Generales de 2011, en las que él era el candidato a la Presidencia del Gobierno (en un momento en que el PSOE estaba muy debilitado), ocurrió la alarma del fenómeno vulcanológico de la isla de El Hierro, que verdaderamente nos hizo temer por una posible erupción. Con toda la presión que había en ese momento, él captó la importancia del hecho y dedicó todo un día a reunirse en la isla con todos los responsables, y pudo hablar y tranquilizar a muchos herreños.

Hoy lloramos la pérdida de una persona de una relevancia extraordinaria para nuestro país. Espero que su ejemplo nos sirva a todos para reflexionar sobre la necesidad de tener una política de altura, respetuosa y leal.

Adiós, amigo, hasta siempre y gracias por tanto. Los socialistas no mueren, se siembran. Y tú sembraste una semilla que germina con facilidad.