tribuna

César Manrique y las colas de la autopista: economía y ecología, por Pablo González-Barreda

Por Pablo A. Hernández González-Barreda*

Hace pocos días se cumplieron cien años del nacimiento de César Manrique. En las Islas, sus facetas de artista, ecologista y líder social, que solo se entienden juntas, transformaron numerosos paisajes, particularmente en Lanzarote. Por sus numerosos méritos artísticos y ecológicos que trascienden las Islas, la figura de Manrique ha sido reivindicada abundantemente en la prensa y han tenido lugar muchos homenajes, particularmente desde el ámbito político. Lo que llama la atención es que las mismas personas que le homenajean hacen caso omiso a su mensaje.

Podría decirse que Manrique fue el primero que ideó un modelo urbanístico coherente para Lanzarote y Canarias. Ese modelo equilibraba definir espacios artísticos que sirvieran de atracción para el incipiente turismo con que esos espacios fueran coherentes con el medio ambiente, el paisaje y el entorno. Al tiempo, trataba de poner freno al urbanismo depredador en favor de un urbanismo, particularmente turístico, de calidad. Los planes de todos los principales partidos que se presentan a las próximas elecciones se oponen en todo punto a esa visión de Manrique para Canarias de un modelo urbanístico que equilibrara una industria turística inteligente y ecológica. En ese sentido, destacan las reclamaciones de ampliar la capacidad de las carreteras, abrir nuevas rutas, ampliar los aeropuertos, o desbloquear la construcción de nuevas plazas hoteleras. Estas propuestas no solo son antiecológicas, sino también antieconómicas. Y es que Manrique, además de un gran artista, ecologista y líder, era un gran economista.

En primer lugar, la ampliación o mejora de las carreteras no lleva a una descongestión del tráfico, sino todo lo contrario. Está demostrado que estas medidas llevan a un efecto rebote que produce una mayor congestión en un período más breve del que se cree. El ejemplo de Los Ángeles ha sido tomado por muchos expertos como el más significativo. Se invirtieron más de mil millones de dólares en ampliar una carretera que llega en algunos puntos a veintiséis carriles, y a los pocos meses no solo no se descongestionó, sino que las colas se hicieron más largas.

El problema es que cuantas más carreteras se construyen, menos incentivos hay para coger el transporte público y más incentivos hay para vivir fuera de Santa Cruz o Las Palmas, porque la vivienda es más barata fuera de las capitales. Una vez te compras la casa y el coche, en un corto período de tiempo se produce un incremento salvaje del tráfico, pero se produce un efecto lock-in porque la gente no va a renunciar a un coche que ya ha comprado, o a una casa por la que pagará una hipoteca larga, y las colas se sostienen en el tiempo. En este sentido, hay una relación directa entre coste de la vivienda y el transporte. Cuanto más rápido es el transporte, la vivienda baja porque hay incentivos a vivir fuera de la ciudad. Pero ese efecto es pasajero si el transporte es en vehículo privado y no hay alternativas privadas. La vivienda en las capitales volverá a subir en cuanto se vuelva a atascar la autopista. Pero como he dicho, la gente que ya ha adquirido viviendas quedará atrapada fuera de las capitales, y como el precio de sus viviendas baja, no pueden cambiar su situación.

Por otra parte, la construcción de rutas alternativas (el enlace Guamasa-Los Rodeos, nuevo enlace Norte-Sur…) puede llevar a una mayor congestión. La conocida paradoja de Braess señala que si existen nuevas rutas que en términos individuales resultan más favorables para el conductor en particular, puede resultar que los tiempos resultantes no sean los óptimos para el conjunto del sistema. Esto lleva a que los tiempos individuales de todos los conductores se incrementen.

Además, tanto para ampliación como para nuevas carreteras, como se desincentiva el uso del transporte público, la menor presión de la población sobre este hace que exista un menor interés de los poderes públicos sobre el mismo, por lo que su calidad puede ir decreciendo y el desincentivo a emplearlo también.

La alternativa claramente es una mayor inversión en transporte público rápido y barato. Se solucionarían con una sola medida los problemas del precio de la vivienda, que bajaría por la posibilidad de vivir fuera de Santa Cruz y de Las Palmas, de la contaminación, y de la conectividad del norte y sur de las islas. Además, las carreteras ocupan más suelo que el transporte público, por lo que, en una isla de espacio limitado, construir más carreteras solo hace que el precio del suelo suba y la vivienda se encarezca. En resumen, construir más carreteras, cerrar el anillo insular, asfaltar las carreteras son ideas nefastas que no solo son antiecológicas, sino sobre todo antieconómicas.

Algo parecido pasa con las propuestas de ampliar los aeropuertos y construir más hoteles. Si tenemos más oferta, los precios bajarán y más gente vendrá. Si vienen más turistas necesitaremos más trabajadores (los parados no lo cubrirán si no se les da la formación oportuna). Si vienen más trabajadores de fuera necesitaremos más viviendas, más carreteras y tendremos menos espacio. Con menos suelo la vivienda se encarecerá y habrá más colas, y se construirán más autopistas. El sistema se equilibrará a medio plazo cuando vivir en Canarias sea excesivamente caro (como ya empieza a pasar en Mallorca e Ibiza), y nadie quiera trabajar aquí. Pero cuando esto suceda, nuestra oferta natural estará destruida. Ampliar carreteras, aeropuertos y construir nuevos hoteles nos lleva a ocupar el escaso espacio que tenemos y destruir el entorno. Con esto perdemos la oferta natural de la que depende la mayor parte de la economía de Canarias. La gente viene aquí a escapar del asfalto y el hormigón. Recordemos que antes de que nos obsesionáramos con el turismo de sol y playa la gente venía a buscar la primavera y las rutas verdes, no el verano y la playa. Cualquiera que haya visitado Centroeuropa sabe que las capas de mayor poder adquisitivo no buscan sol y playa. Buscan tranquilidad y sitios pocos concurridos. Si lo construimos todo, ya no tendremos oferta de lugares poco transitados y donde escapar del cemento y el asfalto. Y una vez no tienes nada que vender, ya no habrá ingresos.

La espiral del crecimiento económico y la droga de la construcción para generar puestos de trabajo inmediatos nos está llevando a destruir nuestra economía. En tiempos de incertidumbre con la quiebra de aerolíneas, recuperación de destinos mediterráneos, con posible encarecimiento del combustible y con un ajuste económico en ciernes, apostar por la expansión es pegarnos un tiro en el pie. Donde no tenemos otra cosa que vender, si lo destruimos nos destruiremos. No digo que haya que dejar de desarrollar. Pero hay que parar de desarrollar más y empezar a desarrollar mejor. Los empresarios que vean esto antes posiblemente sobrevivan mejor.

Manrique, además de ecologista y artista, fue un gran economista. Vio que un desarrollo equilibrado y en armonía con el medio ambiente, con una oferta atractiva y limitada, subía los precios y permitía a los conejeros vivir mejor sin destruir el entorno. Lanzarote pasó de no existir en el mundo y carecer de infraestructuras a ser una referencia en calidad. Necesitamos volver a la moratoria, reformar la planta alojativa, limitar y bloquear la construcción para abrir las reformas, multiplicar exponencialmente la inversión (que no gasto) en educación y formación, particularmente en oficios, y multiplicar exponencialmente el gasto en transporte. Esto hará que, con una demanda constante o creciente, los precios de los alojamientos y hostelería en Canarias suban, los sueldos suban, menos gente se traslade a vivir a Canarias, y los canarios vivan mejor. Todavía estamos a tiempo.

*Profesor de Derecho Financiero y Tributario de la Universidad Pontificia Comillas-ICADE

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