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El suicidio

El análisis definitivo de las elecciones generales del pasado domingo lo hemos leído en ABC. El periódico madrileño publica el cálculo, provincia a provincia, de cuántos escaños habría obtenido una candidatura conjunta del Partido Popular con Ciudadanos y Vox, y el resultado es demoledor: esa candidatura conjunta hubiese obtenido 177 escaños, uno más de la mayoría absoluta que hace ganar la investidura en primera vuelta, y el PSOE se hubiera quedado en 108. Es el problema de la dispersión del voto de derechas y centro derecha, que hemos comentado en jueves anteriores. Advertíamos que en las circunscripciones provinciales de pequeño tamaño, en las que se eligen seis o menos diputados, la dispersión podía convertir en inútil ese voto y dar escaños a la izquierda. Es decir, Vox o Ciudadanos, por ejemplo, podían quitar unos votos a los populares, que se quedarían sin representación, pero esos votos no le servirían a Vox o Ciudadanos para obtener el escaño en juego, que, finalmente, se adjudicaría otra candidatura, presumiblemente la socialista. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido.

Si nos olvidamos de los escaños y vamos a los votos, podremos comprobar que las preferencias de los electores se corresponden con las manifestadas en las convocatorias electorales de los últimos años, con unos trasvases absolutamente previsibles. El Partido Popular le cede a Vox unos dos millones de electores y a Ciudadanos algo más de un millón. Y en la izquierda, el PSOE recupera una parte del voto que había emigrado a Podemos. En definitiva, los bloques de izquierdas y derechas tienen una importancia cuantitativa similar, en torno a algo más de diez millones de votos cada uno, con cientos de miles para partidos nacionalistas o regionalistas periféricos, y las diferencias de escaños las produce el sistema electoral. Es la eterna división y el permanente enfrentamiento entre las dos Españas, la contienda recurrente a la que estamos condenados los españoles.

Planteadas así las cosas, es fácil deducir que los tres partidos de la derecha se han suicidado y le han regalado la victoria a Pedro Sánchez al no concluir pactos preelectorales de candidaturas conjuntas, al menos en las circunscripciones de pequeño tamaño; y han cometido una grave irresponsabilidad que ha dañado la estabilidad del sistema político y a sus electores. La prueba de que era posible hacerlo la ofrece Navarra, en donde se presentó una candidatura conjunta de la derecha que ha ganado las elecciones. Resulta patético asistir a la pugna entre el Partido Popular y Ciudadanos por liderar la oposición, o escuchar a Vox celebrar como su gran éxito haber entrado en el Congreso.

La derecha española sufre una pulsión irrefrenable hacia el suicidio y la autodestrucción. Está dividida en grupos y capillas que priman sus intereses por encima del proyecto común, y el resultado es su periódica destrucción, seguida de refundaciones y purgas de dirigentes y equipos. Porque la situación actual ya se dio al principio de la Transición, cuando la Unión de Centro Democrático de Adolfo Suárez, que podía haber sido el gran partido del centro derecha español, fue destruida desde dentro, lo que propició el triunfo de Felipe González en octubre de 1982 y sus largos años de gobierno. Ahora nos tememos que pasará lo mismo, que Pedro Sánchez no gobernará solo cuatro años, y que no solo la Economía española lo va a lamentar.

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