tribuna

Lo de Amancio

El debate sobre las donaciones de Amancio Ortega no tiene nada que ver con la financiación de la Sanidad. Esta es una cuestión tangencial que se ha generado en paralelo para que algunos puedan adherirse a la causa planteada por Pablo Iglesias. Lo importante es saber cuáles son los verdaderos motivos que mueven a Podemos para presentar esta cuestión en plena campaña electoral. La pregunta es: ¿es necesario aislar a los servicios públicos de la intervención altruista de otros agentes interesados en ofrecer su colaboración para garantizar el fortalecimiento del sistema? No digo la mejora, porque alguien me diría que esto supondría la denuncia de un cierto déficit en la prestación, y esto, en una sociedad que tenga al bienestar de los ciudadanos como objetivo prioritario, sería intolerable. ¿Qué Estado sería aquel que dependa del voluntariado -que en el terreno de la Sanidad tiene un peso innegable- para desarrollar sus responsabilidades? Habría que negar la necesidad de la existencia de organizaciones no gubernamentales (ONG), asociaciones, grupos de investigación, donantes de órganos, donantes de sangre, Cruz Roja, Cáritas, y otras actuaciones que acompañan a ese tipo de asistencia en una sociedad libre y democrática. Donde esto sería impensable es en un sistema totalitario y uniformado, en el que las garantías del igualitarismo impidieran cualquier tipo de iniciativa privada, sea altruista, sea para ganar dinero, sea para colaborar, o para cualquier otro fin que no esté previsto en el esquema único posible para la concepción del Estado.

Pablo Iglesias anda ahora con la Constitución en la mano. Lo mismo que hacía Hugo Chaves y su sucesor Nicolás Maduro. Sería bueno preguntarle en qué apartado de la norma se dice que esto no se puede hacer. Al contrario, se consagra un principio de libertad que hace posible que estas cosas ocurran. Si fuera así ya hubiera acudido al Tribunal Constitucional para hacer valer la integridad de ese texto que tanto dice respetar, y al que quiere cambiar a toda costa. Sin embargo, no se manifiesta en desacuerdo apoyándose en un sereno análisis de una cuestión jurídica, sino que lo hace airadamente, intentando vender un producto político que, en principio, tiene pocas posibilidades de éxito. Parece como si por un momento se alejara de las rentas rápidas que le ofrece el populismo, ofreciendo un argumento que no parece ser de mucha aceptación en la masa de seguidores donde pretende lanzar sus redes. ¿Qué persigue entonces? Se trata de un asunto estrictamente ideológico. Aquí no estamos ante la donación de una señora viuda que deja sus bienes al hospital en donde fue atendida los últimos años de su vida, ni de una asociación que entrega sus mejores horas a arrimar el hombro solo por disfrutar del goce de hacerlo, ni de un integrante de médicos sin fronteras que desea poner en práctica la parte más noble de su juramento hipocrático. No, aquí no estamos ante nada de eso. La única razón es que el protagonista es el hombre más rico de España, y eso, para quien ofrece el paraíso de acabar de una vez por todas con las oportunidades de una sociedad de mérito y cambiarlas por la uniformidad que ofrece la dictadura del proletariado, es un asunto urgente y prioritario. ¿Por qué lo hace ahora si aparentemente está jugando a perder, a la vista de la reacción ciudadana? No existe otra respuesta que la de endurecer una postura en la que actualmente se siente débil, dada la aritmética parlamentaria, donde ya no se ve tan imprescindible. Le ha ido bien exagerando su extremismo para así arrastrar a un socialismo acomplejado de abandonar un espacio de izquierdas en su favor. Hasta el momento lo iba consiguiendo. Una vez que el discurso de Sánchez ha entrado en el territorio de la moderación, y a la vista de que a él no le ha servido para nada el presentarse en los debates como si fuera una monja ursulina, ha decidido retornar a los viejos postulados de la radicalidad, para hacer ver a los electores que los auténticos principios del progresismo se encuentran de su lado. Parece que se está inmolando con estas propuestas disparatadas, pero no es así, porque está regresando al discurso con el que obtuvo sus mejores triunfos, a la vez que le avisa a Pedro Sánchez que no va a ser tan fácil dejarlo plantado y sin novia, y que para gobernar hay que mojarse y no disfrazarse para aparentar lo que no se es. Con las cartas boca arriba. En esta jugada ya hay alguien que le ha seguido. Fernández Vara, sin ir más lejos, ha entrado en el debate diciendo que la Sanidad pública no puede financiarse con donaciones, como si alguien estuviera discutiendo eso.

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