después del paréntesis

El catalán

Hay un dato que la prensa estatal reprodujo hace unos días y es sobresaliente: el 94,4% de los catalanes entiende el catalán y el 81,2% lo habla. Estimable. Ello tiene que ver con la lucha de años en pos de su idioma. La tenacidad alcanza, por ejemplo, a casos ordinarios, como ocurre con la conservación de la elle (ll, l.l), a diferencia de lo que sucede con el castellano, que casi la ha perdido y la deriva a ye. Ese tesón confirma el registro: la identidad o incluso la diferencia. Lo adujo en su momento el radical Domingo Faustino Sarmiento: si el español de América se separa del español de España, como el francés del latín, seremos otros. El gran Andrés Bello (el autor de la gramática más extraordinaria del español) lo contradijo. La lengua no es solo un dispositivo de identidad o de diferencia, sino de relación. El imperialismo es despreciable, no lo que condicionó: compartir un mismo vehículo de comunicación. Por eso hoy veintidós países del mundo cuentan con el español como lengua oficial, la hablamos más de cuatrocientos millones y es una de las más reclamadas para la enseñanza en el mundo.

Es una de las cosas que la humanidad con más ahínco protege (como los venezolanos con sus lenguas nativas o los brasileños o los peruanos o los mexicanos). Son un patrimonio consustancial. El catalán cumple con el signo.

Ocurre, empero, que hay manifestaciones que resultan asombrosas. Eso es lo que percibimos de los independentistas en Cataluña. Hace unos días el nuevo presidente de las cámaras de comercio de allí se negó a contestar a hablantes castellanos porque (literalmente) “no merece la pena”. A lo que apunta esa deriva no es a la preeminencia de dos lenguas en contacto, que dan el extraordinario bilingüismo, sino a la exaltación de un enemigo que no lo es. Lo hacen con desprecio. Cuando afirman que el dicho bilingüismo es catalán-inglés o cuando le ponen trampas a la enseñanza del español o cuando preguntan en catalán a un hispanoparlante (como al entrenador del Barcelona) o cuando hablan en su lengua (signo de mala educación) entre los que la desconocen. Si así proceden, la reacción es inevitable. En defensa de su lengua no pueden ofender a la otra, la otra que hablamos tantos y que también dominó el Cid, el Lazarillo, Góngora, Quevedo, Cervantes, Galdós, Lorca, Valle-Inclán, Borges, Arlt, Rulfo, Cortázar, Vargas Llosa y muchísimos más.

La protección es digna, insisto; el complejo de inferioridad, sin embargo, no puede acreditar a un país.

TE PUEDE INTERESAR