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Los chapistas

Le he dado un macanazo al coche y el chapista me ha dado hora para el 1 de diciembre. Y luego se quejan los pacientes de las listas de espera de la Seguridad Social. El chapista es una profesión de lujo, porque, como es mi caso, me cambia el aspecto del objeto que más quiero: el coche. El chapista es como un cirujano plástico que tiene el poder de mejorar el aspecto de las cosas. En fin, que intentaré colarme, con su colaboración, si encuentra un hueco, pero ni siquiera se compromete a llamarme: “Venga usted por aquí y si hay una posibilidad, lo cuelo”. Ya no voy a tropezar más con una piedra por intentar meter el coche por un sitio inverosímil, me cuidaré mucho de intentarlo. Pocas veces he tenido yo lances de chapa y pintura, la verdad, así que el machacazo de mi coche lo atribuyo a la reiteración de un guardia de tráfico improvisado -mi cuñada- por dirigir la maniobra, sin tener zorra idea, porque ya se sabe que hay personas que confunden la izquierda con la derecha y malinterpretan los mapas. No voy a entrar en detalles por la cosa del feminismo rampante que reina en este país, no será cosa de que me hagan un escrache por fuera de mi casa. Y como todo el mundo sabe donde vivo, pues saldría en los periódicos, no como firmante sino como destinatario de las iras de ellos, ellas y elles. Saludaría desde el balcón, como el papa en el Angelus. Una vez me mandaron al cobrador del frac, lo invité a casa y salimos los dos cargados, yo con su sombrero de copa y él con mi gorra de Make Spain great again. Creo que lo echaron por confraternizar con el afectado. Hoy estoy contento porque les escribo cuando el Madrid remontó contra la Roma. En ese estadio estuvimos Elfidio y yo viendo al Tete contra la Lazio. Qué tiempos más europeos.

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