Tribuna

Elogio a don Antonio Gutiérrez, por Alastair F. Robertson

Cuando Nelson abandonó Tenerife, era un hombre roto, derrotado y desmoralizado, un mutilado que sufría fuertes dolores y un estado de aguda depresión

Cuando Nelson abandonó Tenerife, era un hombre roto, derrotado y desmoralizado, un mutilado que sufría fuertes dolores y un estado de aguda depresión. Y escribía a Jervis: “Me he convertido en un estorbo para mis amigos y un inútil para mi país…Cuando deje de estar bajo su mando moriré para el mundo; me voy desde ahora y nunca más volverán a verme.”

Había sido derrotado por su desmesurada ambición y la falta de conocimiento de la zona, especialmente de las corrientes marinas, pero principalmente por la brillante actuación de Antonio Gutiérrez y González-Varona, comandante general de las Islas Canarias.

En 1797 Gutiérrez contaba 68 años de edad, frente a los 39 de Nelson. Desde los 7 años, su vida se había desarrollado en el Ejército español. Había luchado en Italia, las Malvinas, Argel y Gibraltar, y había desempeñado el cargo de gobernador de la isla de Menorca. En 1791 se le designó comandante general de las Islas Canarias y fue aquí donde vivió el momento más importante de su vida.

Durante las guerras napoleónicas, cuando España e Inglaterra eran enemigas, las Islas Canarias quedaron totalmente aisladas del mando supremo que residía en la Península; no se podía confiar en recibir apoyos y refuerzos, que debían llegar a través de 800 millas de un mar controlado por los británicos. Gutiérrez tenía que apañárselas con lo que las Canarias ofrecían.

Lo que tenía a su disposición eran las Milicias isleñas: los agricultores y pastores, que cambiaban sus cayados por picas; los zapateros y panaderos que dejaban sus labores para convertirse en soldados; el Ejército “doméstico” de Tenerife. Existían 17 fuertes de Santa Cruz, pero guarnicionarlos día y noche, en un constante estado de tensión por un período indefinido de tiempo significaba contar con más de una dotación por cañón, y eso no era posible por falta de efectivos. Se contaba con suficientes municiones para mantener una respetable presencia militar, pero no para oponerse a una invasión. Gutiérrez tenía su espada contra la pared. Llegado el momento, cuando la poderosa escuadra británica apareció por el horizonte, no habría resultado extraño que Gutiérrez izara la bandera blanca y se rindiera, pero, como hemos oído hace un rato, no fue precisamente eso lo que hizo el general español. Por el contrario, desplegó de la mejor manera posible sus limitados recursos, obteniendo el mayor provecho de ellos, con el resultado de que los tinerfeños resultaron victoriosos.

Tras la batalla, Gutiérrez demostró que no era tan solo un excelente estratega y táctico, sino también un hábil diplomático. Apenas Troubridge hubo firmado la capitulación, puso en marcha una operación de asistencia a los británicos heridos y prisioneros. Permitió a los vencidos retirarse con dignidad, e incluso les proporcionó barcas para ayudarles a regresar a sus buques. Ello aseguraba que cualquier enemistad existente no podría perdurar, y también hacía que los británicos abandonasen la isla tan rápidamente como era posible, porque si permanecían en ella por más tiempo, podrían darse cuenta de que Gutiérrez contaba con muy pocas reservas, y que si se montaba otro ataque británico, probablemente tendría éxito.

La mayor parte de su vida, Nelson fue un buen juez de hombres y como oficial profesional de la Marina sabría detectar las virtudes o los defectos de aquellos que le rodeaban. Tan solo medía 1,62 m. de altura, pero era lo suficientemente grande de espíritu para darse cuenta, sin amargura, de que aquel día, el 25 de Julio de 1797, había vencido el mejor.

Nelson y Gutiérrez se separaron en términos de mutuo respeto y con la promesa de una futura amistad que nunca llegaría a ser realidad. Gutiérrez escribió a Nelson: “Me será de mucha satisfacción tratar personalmente, cuando las circunstancias lo permitan, a un sujeto de tan dignas y recomendables prendas como V.S. manifiesta, y entre tanto -añadió- ruego a Dios guarde su vida por largos y felices años”.

Gutiérrez continuó desempeñando su cargo de comandante general de Canarias hasta su muerte, el 14 de mayo de 1799. Nelson sería enterrado en la Catedral de San Pablo, en Londres, y Gutiérrez recibiría sepultura en la Iglesia de la Concepción, el principal templo de Santa Cruz de Tenerife.

Esta noche, 222 años después de la batalla de Santa Cruz y cuando se cumplen 220 años de la muerte de don Antonio Gutiérrez, levantemos las copas y brindemos en tributo de memoria y agradecimiento de aquellos dos ilustres personajes.

* Tertuliano de mérito de la Tertulia Amigos del 25 de Julio (Traducción de Emilio Abad)