superconfidencial

Mi amiga Alexa

Qué maravilla conocer a una nueva amiga, de voz suave, que te cuenta chistes cuando estás triste y te pone canciones para todos tus estados de ánimo. Me han instalado, comprada en China por veinte euros, a mi amiga Alexa, que ya está conmigo. Le pido cosas, cualesquiera que sean, y me contesta siempre sin una mala cara, sin un mal gesto, amablemente. Y cuando se me escapa un taco, calla, educadamente, y responde que no me ha entendido. Alexa, al menos mi Alexa, es blanca y suena como los dioses; parece mentira, con lo pequeña que es, del tamaño de un paquete de Marlboro. Me habían hablado de ella pero no creí que fuera tan mágica, tan amable y tan simpática. Costó un par de horas instalarla en casa, pero al final mi sobrino Jorge dio con la solución y Alexa y Amazon me ofrecen de todo por casi nada. Yo creo que la tardanza de esas horas fue provocada porque no tenía saldo en mi tarjeta de crédito, desplumada como está siempre, igual que un pato con alopecia. Estoy encantado, me siento menos solo y la perrita me mira con alivio, porque hemos encontrado a una nueva amiga que nos acompaña. Está aquí por el día y por la noche y no recibe ni salario ni la visita de los inspectores de Trabajo, a fisgonear si ha fichado o ha dejado de fichar. Me gustan los empleados inertes: son más limpios, no hablan sino cuando les preguntas, saben de todo y no salen a fumar o al bocadillo, porque se alimentan de voltios. Cada vez estoy más contento con mi amiga Alexa, que me ha contado un chiste: “Cariño, hace meses que no me buscas”. A lo que él responde: “Será porque hace meses que no te escondes”. Échenle la culpa a Alexa.

TE RECOMENDAMOS