TRIBUNA

La horchata en las venas de Sánchez

Cuando este era un país de pandereta y castañuelas sucedían las cosas más banales y todo estaba escrito y prescrito por la dictadura

Cuando este era un país de pandereta y castañuelas sucedían las cosas más banales o trascendentales y todo estaba escrito y prescrito por la herencia de la dictadura. Le daban el Nobel a Cela, como antes a Jacinto Benavente, y no se libraba de la cicuta nacional. Ahora alardeamos de ingeniería democrática y estamos en un bucle que constituye un déjà vu muy reciente. Hace tan solo tres años, Rajoy era lo que hoy Sánchez, un presidente con 123 diputados en busca de una mayoría que necesitaba la abstención de su adversario, el PSOE. Rajoy tuvo la suerte de Draghi que le ayudó con un salvavidas verbal (“El BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y, créanme, será suficiente”, fueron sus palabras providenciales en Londres el 26 de julio de 2012) a evitar el rescate europeo durante la crisis económica, la Gran Recesión, y con esa baraka vio caer a Sánchez en el PSOE y obtuvo la connivencia socialista para echar a andar. El resto de la historia acabó sonriendo a Sánchez y costó al gallego el final de su carrera política, como no tuvo reparo en admitir en su reaparición, un año después, en el Foro Premium de esta casa, que en noviembre cumple su primer cuatrienio.

Las dos Españas resulta que tienen estas simetrías propias de un presidente clon, con las vidas paralelas y similares episodios de mendigación de una investidura contra natura. Todos los vientos que soplan llevan una misma dirección: la repetición de elecciones generales en otoño, que quién sabe si acabarán coincidiendo con las de Italia tras el Hermoso que le acaba de hacer el vicepresidente Matteo Salvini al censurar al presidente Giuseppe Conte. Todo, si no se produce un giro inesperado en el centroderecha. En España, pues mientras en Italia aspira al poder volviendo a votar, aquí Ciudadanos huye de las urnas como gato escaldado del agua fría, y ya ayer asomaron la patita de una reconsideración in extremis si Sánchez se empecina y lleva su amenaza hasta las últimas consecuencias.

Hemos visto muchas cabriolas en la vida de Sánchez, posiblemente el político europeo con mejor guion para inspirar una serie de Netflix. Su ascenso recorriendo España en coche para optar a la secretaría general tras la dimisión de Rubalcaba. El debate con su alter ego que pasó a la historia porque de un exabrupto (lo llamó “indecente” y con el tiempo se arrepintió) surgiría la teoría del no es no. Su travesía del desierto tras la investidura fallida y la posterior dimisión. La caída y vuelta a empezar y la moción de censura del primer extraparlamentario y, finalmente, la presidencia del Gobierno, al consumarse el ardid de su consejero de cabecera, Iván Redondo (que también ideó después adelantar elecciones tras la foto de la Plaza de Colón, como presumiblemente ahora haya tenido la misma idea para superar el bloqueo y ganar diputados en la crisis de la derecha).

Rajoy nos confesó en Tenerife que su propuesta al PSOE de gobierno de coalición iba en serio y que estaba convencido de que algún día se produciría ese abrazo del oso, como en Alemania. Rajoy nos añadió que, a su juicio, Sánchez debería ser más explícito con Casado o con Rivera e incitarlos a un pacto de gobierno de verdad. Que es por el que suspiran los empresarios. Y que, a juzgar por la deriva de los acontecimientos, está tan lejos de ser realidad como aquel gobierno con Podemos con Irene Montero de vicepresidenta que estaba llamado a fracasar antes del parto, que es lo único en lo que el matrimonio de Podemos gana a Sánchez: tres partos a dos.

De aquellas confesiones de Rajoy en Tenerife en el Foro Premium se desprendía que Sánchez lo tenía difícil. Hemos visto la declinación de Rivera, probablemente el suicidio en directo de un político llamado a triunfar y hoy abandonado por sus leales cofundadores como por una multitud de militantes y dirigentes que lo seguían con los ojos cerrados en estas islas (y aquellas penínsulas) hasta que todo saltó por los aires. En la búsqueda del centro ahora bogan más Sánchez y Casado que el centrípeto por antonomasia que vino a jugar la baza de un partido eje y se despeñó por el barranco de la derecha deslumbrado por el mal del sorpasso que ya aquejó a Iglesias respecto al PSOE y a Rivera lo tiene eclipsado respecto a Casado. Si hay elecciones, es cierto que el paisaje se desbrozará en alguna medida. Con los cálculos de Tezanos, reputado prestidigitador de profecías autocumplidas, Sánchez confía en bordear los 150 escaños, y sus oponentes quedarían a una distancia humillante, batiéndose el cobre de ser meras comparsas o abstenerse en comandita para que empiece la función y algún día escampe. Ante una lista mayoritaria por goleada, a Sánchez le harían cola PP,Ciudadanos y Podemos, y todos los restos se aplicarían a hacer ecuaciones para sumar en las chiripas. “De acuerdo, vamos a elecciones, es lo más presumible, y tras la audiencia con el Rey, quedó más claro. Las encuestas nos son favorables, pero esto es una ruleta rusa”, me reconoció sin ambages esta semana un influyente socialista que sabe lo que se cuece en el círculo del presidente, que tiene horchata en las venas y es capaz de atreverse. Repetir elecciones, como todo hace pensar que va a suceder, tiene efectos colaterales. En partidos pequeños que que se han quedado sin poder regional, como le sucede a CC, no se descarta una lucha fratricida por la candidatura. Ana Oramas no sólo tendría que temer por el segundo escaño que ganó su compañera Guadalupe González Taño en una refutación clamorosa de los vaticinios de Tezanos, sino por su propia renovación como cartel, si es cierto que, una vez caída la monarquía del partido en el poder, alguien tiene que pagar el pato por la interferencia de Clavijo para hacerse con un lugar bajo el sol aforante del Senado. Y en Ciudadanos tiemblan con razón por el riesgo de que Melisa no salga. Acaso, el PP levante cabeza, como augura el sentido común, y una suerte de bipartidismo disparejo, con el PSOE descolgado y los populares a rebufo desde el foso, baje los humos a Rivera y a Abascal. Ese nuevo bipartidismo nos acercaría a la hipótesis de Rajoy. La Gran Coalición. O será lo que Dios quiera. Como ya no está Felipe González, que en tiempos era dios, cabe averiguar ahora si Sánchez lo es. Parte con la ventaja de haber resucitado.