Tribuna

Gobernar no es mirar para otro lado

Para invertir, lo sabe bien un empresario, hay que contar con los medios adecuados para ello o tener la capacidad de conseguirlos, una idea que pueda ser materializada, un cierto grado de osadía y una determinada capacidad para lidiar con la incertidumbre. Si sale bien, es el objetivo de la acción, perfecto, aunque no se […]

Para invertir, lo sabe bien un empresario, hay que contar con los medios adecuados para ello o tener la capacidad de conseguirlos, una idea que pueda ser materializada, un cierto grado de osadía y una determinada capacidad para lidiar con la incertidumbre. Si sale bien, es el objetivo de la acción, perfecto, aunque no se debe perder de vista que existe la posibilidad de que no ocurra y hay que estar preparado para perder, asumiendo las consecuencias. En definitiva, esa sería la función genuinamente empresarial y la explicación por la que no todo el mundo se convierte en empresario. Hay personas que soportan mejor que otras algunas de esas condiciones, en particular, la incertidumbre.

En Canarias, en los últimos años, hemos incorporado otro inconveniente a esa definición más o menos ortodoxa del empresario: la burocracia. Convertida en un peso muerto que ni hace ni deja hacer, observamos oportunidades perdidas que se acumulan sin que nadie parezca poner remedio. Lo peor, con todo, es que no se hace por desconocimiento porque el análisis de lo que ocurre y sus razones, está más que hecho, existiendo consenso sobre su naturaleza. Pero no se sabe si es por pereza, por procesos que se eternizan o porque la burocracia siempre encontrará el resquicio para recordarnos, como el dinosaurio de Monterroso, que cuando despertó todavía estaba allí.

Hace unas semanas, el Diario de Avisos publicó un reportaje sobre la situación de la zona conocida como El Mojón, en Arona, probablemente la bolsa de suelo estratégico más importante de Canarias, si hemos de creer al alcalde de aquel municipio José Julián Mena, que fue quien lo proclamó tras desbloquear el Plan Parcial tras casi 30 años (sí, ha leído bien, ¡¡¡30!!! años) de parálisis. Cuando todos los operadores se las prometían muy felices y transcurridos dos años, no se ha podido avanzar más allá de algún movimiento de tierras menor y pruebas de alumbrado. Parece que unos trámites administrativos en apariencia sencillos retrasan unas acciones que acumulan décadas de dejadez y pasotismo. No es posible.

Las razones por las que este Plan es esencial no son las que caben presumir cuando se tiene interés de parte. Esa bolsa de suelo, de más de 900.000 metros cuadrados, es esencial para recualificar el destino y adaptarse a las nuevas y siempre cambiantes necesidades de nuestros clientes, visitantes de estas islas que no nos han abandonado ni en las más graves coyunturas contribuyendo a nuestro progreso y bienestar.

Ha sido así en el pasado y cabe conjeturar que seguirá siéndolo en el futuro a poco que hagamos las cosas bien. Hemos vivido años buenísimos por éxitos propios y desgracias ajenas, los conflictos geopolíticos que viven destinos como Túnez, Marruecos o Turquía. Nuestros establecimientos se han renovado y nadie puede discutir que esa creatividad empresarial se ha concentrado en satisfacer lo que nuestros clientes solicitaban.

No solo pensemos en los turistas, aun siendo fuente de riqueza y desarrollo. El Plan es esencial también para mejorar el entorno, dedicando 150.000 metros cuadrados a la construcción de dos parques, zonas recreativas, educativas y un espacio público para congresos y exposiciones, todo con un cuidado entorno ya que la edificabilidad limitada a un tercio del resto del espacio propiciará nuevos modelos hoteleros en los que las zonas verdes y grandes espacios serán protagonistas. La Isla ha demostrado estar en la vanguardia del desarrollo turístico y es conveniente reclamar celeridad para desarrollar esas 9.400 camas turísticas, que crearán 3.500 empleos en los tres primeros años y 3.000 más cuando abran los hoteles a construir, para una inversión de 850 millones de euros.

Nos debemos preguntar si en el mundo existe algún lugar donde sea más complicado que aquí invertir 850 millones de euros. Pero, todavía más, sería pertinente preguntarnos si en unas islas con los índices de desempleo que tenemos podemos permitirnos renunciar a que se inviertan esas cantidades colosales de dinero. O si ha sido razonable afectar de manera tan grave legítimos derechos de propiedad por más de tres décadas. Gobernar no es mirar para otro lado cuando hay problemas. Es precisamente acometerlos y resolverlo para no seguir acumulando oportunidades perdidas. Y ahora, con renovadas necesidades e incertidumbres, la burocracia tendrá una oportunidad fantástica para demostrar que es más ayuda que estorbos.