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Apolo 13: el fracaso más exitoso de la Nasa

“Houston, hemos tenido un problema”. La llamada de auxilio marcaba el inicio de una lucha aparentemente imposible para traer de vuelta a la Tierra a tres hombres a los que la explosión de un depósito parecía haber sentenciado a vagar eternamente por el espacio
Al desacoplarse del ‘Odyssey’ para la reentrada, la tripulación pudo fotografiarlo y ver por primera vez los daños. Nasa

El número 13, popularmente asociado al infortunio, parecía insistir en repetirse con descaro, casi burlón, en la misión Apolo 13, de la que se cumplen estos días 50 años. El lunes 13 de abril de 1970, dos días después de haber despegado a las 13.13 horas (horario de Houston), la nave se sacudía como consecuencia de una violenta explosión durante el tramo final de su viaje a la Luna. A bordo, Jim Lovell, comandante, Fred Haise, piloto del módulo lunar, y Jack Swigert, piloto del módulo de mando, se miraban unos a otros interrogándose sin palabras en busca de la respuesta que explicara la súbita sacudida. Cada uno de ellos solo pudo encontrar en los ojos de los demás el reflejo de su propia sorpresa.

Aún no podían saber que el tanque de oxígeno número 2 del módulo de servicio, el Odyssey, acababa de explotar, dejando escapar su precioso contenido al espacio, dañando al tanque número 1 y ocasionando estropicios que dejaban herida de muerte a su nave.

EL FATÍDICO NÚMERO

Desde el momento del lanzamiento, e incluso antes, Apolo 13 había tenido que enfrentarse a un rosario de inconvenientes que aparentaban empeñarse en demostrar que la mala suerte asociada al número era real. Así, apenas cinco minutos después del lanzamiento, la tripulación notaba extrañas vibraciones y constataba el apagado imprevisto de uno de los cinco motores J-1 de la segunda etapa del cohete Saturno V, obligando a prolongar el encendido de los cuatro impulsores restantes para conseguir la velocidad necesaria para poner la nave en órbita.

Por otra parte, una semana antes del lanzamiento, Ken Mattingly, piloto del módulo de mando, era apartado de la misión ante la probabilidad de haber contraído rubeola, siendo sustituido por Jack Swigert. El nuevo trío tuvo que entrenarse a fondo para adaptarse a la nueva situación en un tiempo récord. A la postre, Mattingly nunca manifestó la enfermedad y su papel en tierra trabajando sin descanso en el simulador del módulo lunar sería providencial para la salvación de sus compañeros.

Sin embargo, la causa del accidente del Apolo 13 tuvo lugar incluso mucho antes. El tanque de oxígeno que acababa de hacer explosión había sido originalmente instalado más de un año antes en el módulo de servicio del Apolo 10, pero sufrió daños durante unas modificaciones y tuvo que ser desinstalado para pasar un proceso de revisión que certificara su operatividad. Superadas las pruebas pertinentes, el tanque fue instalado en el Odyssey, el módulo de servicio del Apolo 13. Sin embargo, en su interior ocultaba desperfectos que pasaron inadvertidos y que acabarían por provocar su explosión.

LA EXPLOSIÓN

A las 21.07 horas del lunes 13, apenas unos minutos después de que la tripulación finalizara una conexión en directo para televisión, Houston ordenó un procedimiento rutinario consistente en activar un mecanismo en el interior de los tanques para remover el oxígeno líquido y evitar su estratificación debido a las bajas temperaturas necesarias para su almacenamiento.

Al poco de hacerlo, la nave se estremeció violentamente de proa a popa para sorpresa de los astronautas. De inmediato, diferentes advertencias luminosas comenzaron a parpadear en los paneles de control al tiempo que sonaba una estridente alarma.

El deterioro inadvertido en el aislamiento del cableado del sistema de removido del tanque había provocado un arco voltaico que inflamaría el combustible. El consiguiente aumento de temperatura y presión hacían volar el tanque en pedazos, arrojando una nube de escombros y gases al espacio circundante que más tarde sería advertida por Lovell.

Tras un instante de vacilación, Swigert reaccionó dirigiéndose por radio a Control de Misión: “¡Eh, hemos tenido un problema aquí!”, gritó. El capcom (encargado de las comunicaciones con la nave) de turno en ese momento, el también astronauta Jack Lousma, no entendió el mensaje, “Aquí Houston. Repite, por favor”, pidió. Esta vez, la voz que Lousma escuchó en sus auriculares, alta y clara, fue la de Lovell: “Houston, hemos tenido un problema. Hay un descenso de tensión en el Circuito Principal B”. En la película de 1995 Apolo 13, la frase cambiaba el tiempo verbal a “Houston, tenemos un problema”, pasando a formar parte de la cultura popular de ese modo.

Swigert junto al tosco adaptador de filtros. Nasa

La pérdida de potencia a la que hacía alusión Lovell podría significar que la mitad de los sistemas de la nave se quedaran sin alimentación eléctrica. La magnitud del problema fue entendida de inmediato, tanto a bordo como en Houston.

En tierra intentaban hacerse una idea del alcance de los daños. La presión del tanque de oxígeno número 2 había caído a cero, mientras que el número 1 presentaba un descenso continuo. En la nave, el oxígeno, combinado con el hidrógeno de otros depósitos, era necesario para producir electricidad, además de aire respirable y agua potable.

A partir de este momento, el objetivo dejaba de ser alunizar en las estribaciones de Fra Mauro, una posibilidad que ya quedaba irremediablemente descartada. La misión había pasado de la exploración a la supervivencia y los esfuerzos ahora debían concentrarse en encontrar la manera de salvar a la tripulación de una muerte segura y evitar que acabaran vagando eternamente por el cosmos en un frío sarcófago espacial.

APAGANDO EL ‘ODYSSEY’

El módulo de servicio se alimentaba de unas celdas de combustible que combinaban oxígeno e hidrógeno para generar electricidad. Menos de dos horas después de la explosión, con el tanque de oxígeno número 2 vacío y el número 1 desangrándose sin remedio, el Odyssey comenzó a extraer energía de las tres baterías del módulo de mando, necesarias para la reentrada. Se hacía imperativo apagar todos los sistemas cuanto antes para evitar que canibalizara esas baterías imprescindibles, pero su ordenador albergaba los datos de navegación vitales para el vuelo, que tuvieron que ser transferidos con urgencia al ordenador del Aquarius, el módulo lunar, antes del apagado.

Una vez desconectado el Odissey, la tripulación se trasladó al Aquarius. El módulo lunar, diseñado solo para el alunizaje, contaba con consumibles y soporte vital para dos personas durante dos días, pero ahora tendría que ser usado como una suerte de bote salvavidas por los tres astronautas durante cuatro días, excediendo de largo sus capacidades.

RUMBO A CASA

Apolo 13 no podía simplemente dar un giro para volver a la Tierra debido al gran riesgo de explosión que suponía encender el motor de un módulo de servicio tan castigado. La gravedad lunar atraía a la nave irremisiblemente y la vuelta a casa pasaba por una maniobra conocida como trayectoria de retorno libre, diseñada precisamente para el caso de fallo en la propulsión de las misiones Apolo.

La maniobra consistía en adquirir una determinada trayectoria que utilizaría la atracción gravitatoria de la Luna para circunnavegarla, pasando por su lado oculto sin llegar a entrar en órbita, para luego salir catapultados de nuevo hacia la Tierra con la ayuda de una breve ignición. En este caso, ante la imposibilidad del encendido del propulsor del Odyssey, el impulso se haría con el motor de descenso del Aquarius, algo para lo que no estaba diseñado y que nunca se había intentado. El mismo motor sería usado de nuevo durante el camino de vuelta para una complicada corrección manual de rumbo con el fin de volver al ángulo correcto para la reentrada a la atmósfera.

Al pasar tras la Luna, el propio satélite ejercía de barrera infranqueable a las ondas de radio y los tres hombres quedaban incomunicados y solos en el espacio. Los astronautas observaban desde las ventanillas como la Luna pasaba bajo ellos, tan cerca como inalcanzable. Para el veterano Lovell, esta era su cuarta misión y ya había orbitado la Luna anteriormente con el Apolo 8. Para Swigert y Haise, era su primera vez en el espacio. Lamentablemente, para los tres sería la última ocasión en que vestirían sus trajes espaciales.

Haise, Lovell y Swigert en el portaaviones Iwo Jima. Nasa

BRICOLAJE ESPACIAL

Apenas una hora después de la explosión, Ed Smylie, jefe de la División de Sistemas Vitales, saltaba a su coche y conducía hacia su oficina en el edificio 7 del centro de la Nasa en Houston. Smylie sabía que la tripulación se enfrentaría pronto a un grave problema con el dióxido de carbono. El venenoso gas, producido por la espiración de los astronautas, era eliminado por unos filtros de hidróxido de litio. Los dos filtros disponibles en el Aquarius, pensados para dos personas durante dos días, se saturarían en breve debido a la presencia de los tres astronautas. El Odyssey contaba con filtros de sobra, pero el problema es que eran cuadrados, mientras que los del Aquarius eran redondos, por lo que no había manera de colocarlos en los receptáculos que los albergaban.

Mientras conducía, Smylie comenzó a dar forma en su cabeza a una rudimentaria solución. Pasaría con su equipo toda esa noche y la mayor parte del día siguiente buscando la manera de adaptar los filtros del Odyssey en los receptáculos del Aquarius utilizando solo los materiales disponibles a bordo de la nave. Finalmente, a primera hora del miércoles 15, entró triunfante en la sala de Control de Misión portando un extraño engendro hecho con un filtro cuadrado, cinta aislante, la tapa de un cuaderno de vuelo, bolsas de plástico y el tubo de alimentación de aire de uno de los trajes espaciales.

Las instrucciones para construir el artefacto fueron radiadas a los astronautas, que siguieron paso a paso el extraño procedimiento para ensamblar el precario adaptador mientras comenzaban a acusar el enrarecimiento del aire. Afortunadamente, el invento dio el resultado esperado y los astronautas pudieron respirar nuevamente aire purificado, comprobando cómo bajaban las lecturas de dióxido de carbono en los medidores en cabina.

VIVIR EN UNA NAVE MUERTA

Con el consumo eléctrico reducido al mínimo en el Aquarius al apagar todos los sistemas que no fueran absolutamente esenciales, incluida la calefacción, la temperatura a bordo llegó a caer hasta los 3 grados centígrados.

La humedad comenzó a condensarse en los paneles de instrumentos, paredes y ventanas de la nave, convirtiéndose en escarcha y amenazando con provocar un cortocircuito en cualquier momento. Más tarde ese agua llovería, literalmente, sobre los astronautas a medida que la nave se calentaba durante la reentrada.

La escasez de oxígeno implicaba carencias de agua potable, por lo que tuvo que ser racionada. Los tres astronautas acabarían su viaje al borde de la hipotermia y deshidratados. Haise, además, sufriría una infección urinaria y fiebres.

EL CHAPUZÓN FINAL

“Odyssey, aquí Houston. Responde”, inisitía una y otra vez Joe Kerwin, capcom de turno en Control de Misión. La interrupción de las comunicaciones por radio era algo habitual durante la reentrada debido a la ionización del aire en torno a la nave.

La incomunicación duraba alrededor de cuatro minutos, pero ya habían pasado más de cinco y todos comenzaban a pensar que el escudo térmico de la nave había sido dañado en la explosión y no había resistido la reentrada.

Al fin, la voz de Swigert sonó en Control de Misión y en los televisores de medio planeta: “Te escucho, Joe”, dijo, mientras la imagen de la cápsula suspendida de tres enormes paracaídas aparecía en las pantallas. El mundo entero suspiró aliviado.

El 17 de abril, tras 142 horas y 54 minutos de misión, el módulo de mando amerizaba en el Océano Pacífico, muy cerca de donde el portaaviones USS Iwo Jima esperaba para rescatar a la tripulación.

Gracias al trabajo en equipo, el ingenio humano y grandes dosis de sangre fría, lo que podía haber sido el mayor desastre de su época se convirtió en un gran éxito de la Nasa que el mundo entero aplaudía.

Después de todo, el 13 solo es un número…

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