diario del aislamiento

Día 56

Son las cinco de la mañana, en una hora comenzará el trasiego por franjas (de 5.00 a 6.00 solo los gatos pasean o hacen deporte). Escribo pronto porque hoy tengo lío -luego no podré-. Empezaré por donde lo dejé anoche. The Crown, tercera temporada -Olivia Colman lo borda-. Cada capítulo es una exhibición (así me tiene, despierto en horas inadecuadas para madrugadores). No fue lo último que hice. Bajé a los digitales, un rato. Dejé apuntado algún enlace. En Ámsterdam -la joya de la economía circular- se han puesto en marcha con espacios (más o menos individuales) libres de virus. Sacrifican elementos decorativos para generar distancias e imponen las cartas digitales -quarantine greenhouses-. Antes de cerrar los ojos anoté una idea cargada de sensibilidad, y útil. Alguien (con luces) ha reparado en que las mascarillas complican la conversación a quienes, con deficiencias auditivas, necesitan leer los labios para no perderse. A sus ojos -y oídos- las mascarillas suponen una barrera lingüística (niegan la lectura labiofacial). ¿Qué hacer? Materiales que impidan el paso al virus, pero no a los ojos. Café, sí. De cápsula, por favor. Gracias. Tengo la radio de fondo, siguen dándole vueltas a la prórroga prorrogada (al papel del PP, especialmente). El hombre en suspenso, de Saul Bellow. Sugiero a Pablo Casado que se la lea -sugerencia mental, no telefónica-. Cuenta la novela la historia de quien, a la espera de ser llamado por el ejército, se cuestiona las prioridades de la sociedad que lo rodea, ahogándose de paso en dudas sobre sí mismo. Casado es un aspirante en suspenso. El PP puede que vuelva al poder con otro candidato en el cartel electoral (el virus puede que arramble con quienes han protagonizado, directa o indirectamente, los peores meses de nuestra vida). El virus es un túnel, oscuro, largo. Es probable que las mayorías con las que se ha entrado en el túnel no sean las mayorías con las que la política salga del túnel -fase 5-. Quito la radio -en un rato me toca a mí-. Ayer me crucé con un amigo, en la puerta del súper. Está preocupado (quién no). El humor fluctúa, el ánimo sube o baja, pero la preocupación es constante, inamovible. Vienen meses jodidos -me apunto, otra vez, que mañana debo dar salida las notas que tengo sobre la economía canaria-. En un rato amanecerá lo que viene antes del sábado (solo será viernes el lunes, cuando podamos volver a vernos). Qué sueño tengo -debo dormir más-.

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