despuÉs del paréntesis

Diez personas

Era el año 1973, Franco aún vivo. Cinco chicos estábamos reunidos en la plaza del pueblo. Se acercó un policía municipal y nos dijo, con rostro reconcentrado, esta reunión no está permitida, son demasiados.

Dos rigores se cumplen al respecto: el peligro que corren ciertos gobiernos si los ciudadanos se reúnen para reflexionar aunque sea en contra de las decisiones del Estado. Lo segundo es una maniobra falaz del Estado: prohibir. Eso ocurre respecto de la Covid-19. Por el bien de la salud, se dice y con razón, hemos de extremar las precauciones. Pero se ha de acordar razón para los procedimientos. Oí a un científico explicar que parar el país sin atender a las pruebas oportunas no se sostiene. Dijo que deben estar aislados, después de los análisis oportunos, los que sean verdaderos agentes de riego. Los que no, no viene a cuento sin exámenes. Luego, contradicciones. Lo comprobé en un supermercado. Un hombre uniformado de la seguridad se acercó a mi carro y me hizo devolver a los estantes un par de litros de aguarrás y unas brochas que necesitaba para un menester propio de confinamientos: reparar con barniz unas puertas. El asunto es que podía pagar en la caja todo el alcohol que el establecimiento vendiera o llevarme a casa dos centenares de rollos de papel higiénico; lo otro no era un producto de primera necesidad. El Estado se interponía ante lo que necesitaba usar. Los tomates no contagian, ¿el aguarrás sí?
Ahora se plantea un nuevo requisito: ¿Dónde se podrán hacer las reuniones de hasta diez personas en la fase 1? Primero, ¿por qué diez, porque operamos con el sistema decimal y las matemáticas cumplen para el caso?; ¿por qué no el mágico trece? Y otra cosa: el lugar. ¿Dónde?, ¿en un templo budista, en los pasillos de la catedral? ¿Hemos de reunirnos con un palo de billar tomado por los extremos para asegurar la distancia?

El asunto que atañe a la pandemia es el no todos. Hemos de dar cuenta, al ser requeridos por la autoridad competente, si somos familiares o, como poco, amigos. Queda fuera el tratar con un experto desconocido o con un profesor de universidad lejana. Además, no pueden asistir a ese relajo agentes de peligro tan exclusivos como embarazadas, diabéticos o inmunodeprimidos; esos no. Ha de alegarse que ese bicho de los demonios es terrible y no está mal prevenir. Más aún, mejor pasarse que quedar corto. Eso es una cosa y otra es resistirse a la lógica. Unos encerrados otros no. ¿Sujetos de fundamento? A veces se duda.

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