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El virus desastroso

La gestión de la pandemia por el Gobierno nacional está siendo desastrosa e impresentable; una gestión en la que ni sus miembros se ponen de acuerdo. Desde el principio el Gobierno ha estado desbordado y superado por los acontecimientos, gastando dinero público en compras de material inservible, incapaz de coordinar las actuaciones territoriales, y con su sector comunista haciendo la guerra por su cuenta y aprovechando la situación para intentar colocar medidas de su Programa. En particular, la desprotección del personal sanitario ha sido indigna. Si embargo, a pesar de todo, no es la hora de imitar a vascos y catalanes, no es la hora de la autonomía, sino de la coordinación central, que ya tendrá en cuenta las asimetrías territoriales.

A pesar de todo, en la mayoría de los casos las críticas de la oposición son infundadas y no ofrecen alternativas sólidas con fundamentos técnicos. No parece probable que un Gobierno de los populares lo hubiera hecho mejor: la imagen de Rajoy saltándose el confinamiento no es de recibo. Y en cuanto a Vox, sus planteamientos desaforados le restan una gran parte de credibilidad. En muchas ocasiones da la impresión de que se critica por obligación y por cubrir un expediente. Y después está el pueblo español, que una vez más, con su interpretación anarquista e insolidaria de la democracia y de los derechos y libertades, está demostrando que cada pueblo tiene el Gobierno que se merece. El ejemplar proceso alemán, por citar un caso, se debe a su Gobierno, pero también a su pueblo. Y aquí tenemos lo que nos merecemos. A pesar de todo, repito de nuevo, el plan del Gobierno para ir dando fin al confinamiento es razonable y técnicamente fundado, aunque perjudica a la hostelería.

Las Comunidades Autónomas, Canarias entre ellas, están reclamando autonomía en la gestión de la crisis. Y lo preocupante es que quieren esa autonomía para primar la economía y los intereses políticos de sus Gobiernos y de sus particulares nacionalistas por encima de la salud de su población. Como el presidente canario, que fabricó una coartada, con la complicidad de ciertos medios, para intentar abrir los hoteles y sus zonas comunes desde la pasada semana. La posición de los catalanes y los vascos, y ahora de los valencianos, que han desafiado al Gobierno y abierto sus playas, es sencillamente obscena.

Lo sucedido nos deja dos importantes enseñanzas, que los españoles –y los canarios-, según nuestra costumbre, ignoraremos. En primer lugar, que el sectarismo contrario a la sanidad –y a la educación- privadas perjudica gravemente a los ciudadanos. Y vimos a los hospitales públicos seleccionado los ingresos en la UCI de acuerdo a las probabilidades de vida de los enfermos, mientras en los hospitales privados había plazas disponibles. Y en segundo lugar, que una sanidad recentralizada en el Estado serviría infinitamente mejor los intereses generales que los actuales diecisiete caos. Lo sucedido con los ingresos en la UCI entre hospitales públicos y privados, y con otros recursos, ha sucedido también entre Comunidades Autónomas. No sería mala idea que, como hicimos en la Transición, volviéramos a imitar al eficiente federalismo cooperativo alemán. A pesar de todo, no lo haremos, y España seguirá siendo un desastre.

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