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Hambre atroz

El encarcelamiento me ha traído un hambre atroz. Y un mal humor, ya desatado. Además, duermo fatal y me aburre soberanamente la televisión

El encarcelamiento me ha traído un hambre atroz. Y un mal humor, ya desatado. Además, duermo fatal y me aburre soberanamente la televisión. No creo que me quiten la mala leche las medidas del Gobierno del títere Sánchez, porque a las diez de la mañana yo no he estado levantado jamás en mi vida y de diez a doce irá a caminar Rita la Cantadora. Quizá aproveche el turno de las siete, hasta las ocho, pero si no puedo sentarme en una terraza a tomar una cerveza, pues la tomo en casa y ya está. Quiero decir que estas medidas no sirven sino para echar en masa a la gente a la calle y eso que llaman desconfinamiento (que es una palabra inventada) me parece un eufemismo absurdo. Voy a seguir en casa y sólo saldré a ver si no me han mamado la antena del coche, o algo parecido, que todo es posible. La farmacia te da tres mascarillas cada quince días, con lo que si saliera todos los días las tendría que reutilizar y eso me parece una marranada. Guantes no hay. No me digan ustedes que esta no es una república bananera, aunque no es el mejor día para que ustedes me hagan caso. Además, como ando escaso de posibles, tampoco puedo almorzar cangrejo, ni comprar algún manjar exquisito, así que estoy a papilla con atún, salchichas de Mercadona y espaguetis. Como no me gusta la salsa de tomates que no sea natural, o sea que detesto el yanqui kétchup, pues me los como con mantequilla o busco una salsa bechamel, pero no la encuentro a veces. Comen mejor los de Sálvame. Y, además, el otro día vi por el balcón que traían comida a mi edificio y el de la Vespa se rascaba los huevos con el mismo guante que entregaba la pizza, así que conmigo no cuenten para experimentos.

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