tribuna

Nada se puede contra el destino

A veces decimos que las cosas vienen dadas, que no hay otra, que no podemos evitar lo que nos pasa. Esto es verdad en parte. En otras ocasiones no lo es. Por ejemplo, una catástrofe natural es inevitable. No puede culparse a nadie de su aparición, a pesar de que haya quien lo intente. Otras cosas si que podrían ser de otra manera, porque en el hecho de que se produzcan siempre existe la alternativa de la elección.

Por ejemplo, decir que el Gobierno que tenemos en España es el único posible forma parte de lo que es evitable. Esto nos pasa por colocar al dichoso relato presidiendo la determinación de todos los actos. Lo del relato es muy antiguo. Hay quien dice que es uno de los componentes imprescindibles para haber evolucionado a sociedades como las que hoy tenemos. El relato, el mito, la creencia, da igual como lo llamemos, forma parte de una ficción que hemos convertido en imprescindible para la supervivencia de la especie. Algunas veces es estrictamente necesario, pero otras es el resultado de un cálculo caprichoso, elaborado por la habilidad práctica de un sociólogo sin escrúpulos. No digo que estos individuos no sean serios y acreditados profesionales, pero esa actividad ha devenido en un mecanismo de manipulación que deja en pañales al tan denostado Maquiavelo. Maquiavelo era un santo comparado con lo que ahora se despacha. No me refiero a nuestro país. Esto se inventó en otras latitudes donde el alcance del poder tiene unas connotaciones de mayor amplitud. Quiero decir que, en algún sentido, tienen influencia global.

Pero volvamos al principio. Las cosas no vienen dadas. En España, desde las elecciones de 2015 se han presentado múltiples opciones que se han ido descartando a conveniencia de construir un relato que ha demostrado su fracaso. Hay que hacer recopilación de lo ocurrido para darse cuenta de que alguien se equivocó. Se puede aducir que la pandemia ha venido a trastocarlo todo, pero eso no es cierto. Con virus o sin él, era palmaria la debilidad de una apoyatura política que dependía, no solo de una izquierda que está harta de demostrar su intención de devorarse mutuamente, sino además de una negociación sin salida posible a un conflicto territorial, que tampoco ha venido dado, pues tiene sus orígenes en errores de todo tipo. En este caso cada uno le echa la culpa al que tiene enfrente, pero si lo analizamos con paciencia podremos llegar a adivinar cuándo se rompe ese muro de contención que hace que del nacionalismo moderado se pase al independentismo rupturista y virulento. Lo cierto es que ahora estamos pagando las consecuencias de aquello que decimos que era inevitable, pero sí que lo era. Es fácil crear adhesiones inquebrantables a la pertenencia a bloques ideológicos, y a fomentar un clima de odio que haga de cemento para que los que están a favor de una idea se encuentren cada vez más comprometidos con ella. Pero esos no son todos. Es más, me atrevería a decir que esa militancia vocacional, en cada uno de los bandos, es minoritaria. Por eso se sacan de la manga lo de que las cosas vienen dadas para que las mayorías silenciosas tengan que callarse ante lo que ofrece una solución diferente, a pesar de que se niegue.

Claro que las cosas pueden ser distintas. Pudieron serlo y lo pueden seguir siendo ahora. Lo que ocurre es que ese mantra que nos obliga a no salirnos del relato no permite un espacio mínimo para verlo con claridad. La consecuencia estriba en seguir con la amenaza de que, como las cosas vienen dadas, o se hace lo que yo digo o vendrá el caos. Es una frase muy antigua, que en esta ocasión proviene de una premisa falsa. Las cosas no vienen dadas, pueden hacerse de otra manera, pero entonces no habría buenos y malos y acabaríamos matando a la gallina de los huevos de oro, que es el paraíso de la manipulación. Dependiendo de dónde vengan las críticas a este comentario, quedará demostrado que lo que en él se dice es verdad.

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