superconfidencial

Paseando un rato

El martes me puse la mascarilla y me eché a la calle, a aprovechar mi hora de viejo. Yo antes de la crisis me creía joven, pero ahora veo que no, que estoy en el tramo final de la escaleta de supervivencia. Bueno, me eché a la puta calle y di una vuelta. El día anterior me había ido a recoger un amigo y juntos nos hicimos como cuatro kilómetros. No me cansé, si acaso sufrí alguna agujeta nocturna. Me coloqué la misma mascarilla y me calcé zapatos desinfectados; esta vez transitaba solo y por el medio de la calle. Como no hay coches, así evitas a los que tosen y a los que no van convenientemente tapados. Todo bien. Incluso compré el DIARIO en un kiosco –por cierto, el último ejemplar-, entré en la farmacia, pagué una deuda de geles hidro alcohólicos de ocho euros, compré dos más, cogí una calentura cuando vi en un titular de este periódico una falta de ortografía, llamé a Carmelo cabreado y llegué a mi casa. Cuando fui a buscar a la perrita, que mi cuñada y mi hermano me cuidaban, en el mismo edificio, ellos repararon en que tenía la mascarilla colocada al revés. Es decir, con lo de alante patrás. Era la misma con la que había salido el día anterior, luego revertí las miasmas; espero que no tenga consecuencias. Pero hubo algo peor. Basado quizá el destino en que a pájaro muerto jaula abierta, reparé en que me había convertido, sin querer, en un exhibicionista: la bragueta de mi vaquero estaba abierta y así recorrí el Puerto, no con nada al aire porque llevaba gayumbos, pero sí con cierto riesgo. Espero que la gente no se haya dado cuenta, aunque mi tránsito por el centro de la vía de tal guisa era en sí mismo -aunque involuntario- un estúpido alarde. Entonces entendí que, efectivamente, estoy al final de la escaleta.

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