Avisos políticos

El virus autoritario

La fracción comunista del Gobierno está acelerando su deriva autoritaria, una deriva que inició –y que lidera- Pedro Sánchez aprovechando los poderes extraordinarios que le concede el estado de alarma. La influencia de Pablo Iglesias, devenido en todopoderoso dictador de Podemos, también se advierte en que su autoritarismo ya ni siquiera se disimula, y se […]

La fracción comunista del Gobierno está acelerando su deriva autoritaria, una deriva que inició –y que lidera- Pedro Sánchez aprovechando los poderes extraordinarios que le concede el estado de alarma. La influencia de Pablo Iglesias, devenido en todopoderoso dictador de Podemos, también se advierte en que su autoritarismo ya ni siquiera se disimula, y se ejerce al viejo modo leninista, atacando salvajemente a los que se le oponen, a los que, entre insultos y descalificaciones, se acusa precisamente de cometer los pecados propios. Todo eso se une a la incompetencia, el sectarismo, la ignorancia y la nula capacidad de gestión de la inmensa mayoría de los miembros de este Ejecutivo elefantiásico, inflado artificialmente con ministerios absolutamente innecesarios y vaciados de contenido, sin competencias ni funciones dignas de mención.
Era de esperar que los ministros –las ministras- que destacan sobremanera sobre esta turbamulta de indocumentados –y que no se sabe muy bien qué hacen en semejante compañía- estén intentando acceder a las presidencias de importantes instituciones internacionales como una manera digna de abandonar un Gobierno en el que es imposible que se sientan cómodas. Es el caso de ministra de Exteriores y de la vicepresidenta Nadia Calviño, que tiene que aguantar cómo el presidente asegura que no existen discrepancias entre ella e Iglesias sobre la derogación de la reforma laboral, una derogación que la vicepresidenta ha calificado reiteradamente de disparate absurdo en las actuales circunstancias económicas. Se trata de dos excelentes profesionales, de reconocido prestigio internacional y sólida formación.
El penúltimo episodio de esta deriva autoritaria ha sido el enfrentamiento del ministro del Interior con la Guardia Civil, con ceses y dimisiones al más alto nivel, porque el coronel jefe de la Comandancia madrileña, en funciones de policía judicial, entregó a la juez el informe que le había solicitado sobre las manifestaciones feministas del 8-M sin comunicarlo al ministro. Un ministro que, como magistrado, debería saber que la policía judicial informa a los jueces y no al Gobierno. Es evidente que esas manifestaciones contribuyeron a extender la pandemia y que el Gobierno conocía esa circunstancia con anterioridad: días antes había advertido a la Iglesia Evangélica que no podía celebrar reuniones numerosas por el peligro de contagio. El delegado del Gobierno en Madrid está imputado y el ministro ha añadido el soborno al autoritarismo: al mismo tiempo que se enfrentaba a la Guardia Civil anunciaba, ¡oh casualidad!, su equiparación salarial con las policías autonómicas, tantas veces reclamada y tantas veces pospuesta. Como decíamos al principio, esta gente lo hace a cara descubierta.
Con motivo de este lamentable episodio, se ha recordado que el fundador del Instituto armado, el II duque de Ahumada, evitó que el Gobierno expulsara a un cabo que, en cumplimiento de las órdenes recibidas, había impedido por motivos de seguridad que el presidente Narváez accediera al Teatro Real. El autoritarismo es patrimonio de nuestra cultura mucho antes de Lenin, y, en nuestro caso, va unido al usted no sabe con quien está hablando. Los españoles ya lo hemos descubierto.