Tribuna

Homenaje a los muertos

Ayer publicó El País un documental, con texto de Pablo de Llanos, que, con el título de Cómo perdimos a la generación que cambió a España, cuenta la muerte de más de 37.000 personas mayores de 70 años, víctimas de una terrible pandemia que todavía nos azota. Es un homenaje y un reconocimiento a los […]

Ayer publicó El País un documental, con texto de Pablo de Llanos, que, con el título de Cómo perdimos a la generación que cambió a España, cuenta la muerte de más de 37.000 personas mayores de 70 años, víctimas de una terrible pandemia que todavía nos azota. Es un homenaje y un reconocimiento a los de mi edad.

Yo también intenté cambiar a España, y creí que, por un momento, lo habíamos conseguido. Por supuesto que me sumo a esa ofrenda agradeciendo la suerte de no ser dependiente y haber evitado el estar en una residencia geriátrica para pasar un confinamiento riguroso en mi casa, solo y produciendo escritos cada día. Dios me conceda la fortuna de poder seguir haciéndolo.

Yo soy de la posguerra, nací en 1942, y en 1979, con 37 años, entré en los primeros e ilusionantes ayuntamientos democráticos, que tanto hicieron para construir la España que hoy somos. Por eso, aparte de agregarme a lo que escribe el señor de Llanos, me gustaría aprovechar para hacer una advertencia, con un título muy parecido al de este reportaje, pero a la inversa: ‘Cómo estamos a punto de perder a la España que cambió una generación’ .

Ya sé que los cambios no son para siempre, y que los más jóvenes tienen derecho a proponer su sistema de vida, diferente al de sus mayores, pero el panorama que se pinta, añorando todo lo que conseguimos, es evocado con tristeza cuando comprobamos cómo pretende ser dinamitado. Las condiciones han cambiado. Ya sé que hoy tenemos otras urgencias, como la transición ecológica, la revolución digital, la reivindicación de género, la igualdad, y tantas otras necesidades y adaptaciones que nos exigen los nuevos tiempos, pero el marco de convivencia, seguridad y confianza que la generación que hoy se muere en las residencias consiguió cambiar, no precisa ser alterado, pese a que existan grupos que lo consideran como la máxima urgencia que mueve a los españoles.

Y lo digo porque no se trata del natural impulso para avanzar, sino de una operación burda de freno y marcha atrás. Ese cambio que propició la gente que hoy se nos muere consistió en dar carpetazo a un pasado pernicioso. Esa rémora alternante que nos ha obligado siempre a vivir esclavos de la duplicidad territorial e ideológica. La mayoría, afortunadamente, no es así.

Lo que ahora se barrunta, y que se inició hace una década, es desenterrar a ese ayer que dejamos atrás hace más de cuarenta años, para resucitar sus odios y sus rencores, intentando dividirnos de nuevo en banderías irreconciliables. Por eso, sus correligionarios actuales llaman traidores a los artífices ilusionados del cambio del 78, porque no dan respuesta a las urgencias planteadas para volver a lo mismo.

Afortunadamente la pandemia acabará por retirarse de la escena, los muertos seguirán en nuestro recuerdo, y conseguiremos olvidar la desgracia que hemos vivido en un año aciago, pero lo otro tiene la intención de quedarse, y ese es el gran riesgo que se corre, porque no hay ningún laboratorio que esté estudiando la creación de una vacuna para salvarnos.

Vuelvo a hacerme la pregunta: ¿Cómo estamos perdiendo a la España que cambió una generación? La mayoría de los españoles deberíamos pensar sobre esto después de honrar a los muertos, aunque solo sea por respeto a ellos. Todo lo demás será hipocresía, retornar a lo mismo, a seguir viviendo presos de una epidemia fatal que nunca aprenderemos a quitarnos de encima. Ya saben a lo que me refiero.