En la frontera

La sociedad, bajo la vigilancia del poder

En cualquier tiempo, más en una situación excepcional como la que vivimos, la crítica y la libertad de expresión y de información deben, no solo ser permitidas, solo faltaría, sino facilitadas. En todo tiempo, también en una situación de emergencia sanitaria como la que estamos sufriendo, hay que perseguir los ciberdelitos, que nada, nada, tienen […]

En cualquier tiempo, más en una situación excepcional como la que vivimos, la crítica y la libertad de expresión y de información deben, no solo ser permitidas, solo faltaría, sino facilitadas. En todo tiempo, también en una situación de emergencia sanitaria como la que estamos sufriendo, hay que perseguir los ciberdelitos, que nada, nada, tienen que ver con la sana crítica y la libertad de expresión. En un Estado de Derecho y en una democracia digna de tal nombre, las decisiones acerca de la limitación o restricción de las libertades, sancionando, cerrando publicaciones o páginas webs las hacen los jueces, lo contario es autoritarismo. Así de claro.

La obsesión por la vigilancia, por la seguridad, está volviendo a colocar en el candelero el Estado policía. No hay más que ver estos días los intentos, incluso groseros, amedrentando y atacando el ejercicio de las libertades, especialmente la de expresión. No es algo puntual y extraordinario, lamentablemente, es la continuación, ahora con más observadores ante el confinamiento obligatorio al que estamos sometidos. Tales intervenciones sobre las libertades de los ciudadanos son la excusa para la instauración de un auténtico sistema generalizado de vigilancia y control que, en un contexto de grave crisis sanitaria, sume a las personas en una situación de indefensión y temor que les impide expresar con libertad y responsabilidad su rechazo a lo que pasa. Las recientes noticias acerca de los sistemas de geolocalización que se pretenden implantar, incluso con la loable causa de luchar contra el contagio de la Covid-19, explican a las claras le deriva que está tomando en nuestro mundo la tensión entre libertad y seguridad. Son capaces de conocer ciertas informaciones que se consideran estratégicas para la seguridad del Estado, se terminan aceptando y asumiendo prácticas inaceptables de vigilancia masiva de la población. Vigilancia que, cuándo se tolera, abre las puertas al uso político e inconfesable.

Si a eso añadimos que los buscadores de Internet disponen de un banco de datos acerca de cómo somos, cuáles son nuestros gustos o aficiones, qué temas más nos interesan, que periódicos o revistas consultamos, resulta que es posible intentar moldear u orientar, al menos intentarlo, nuestras opiniones. Cruzar los datos del IP de nuestro ordenador con los datos del email o de los formularios que rellenamos explica por qué recibimos determinadas páginas web con más o menos frecuencia o los anuncios que llegan a los teléfonos móviles. Ahora, en tiempos de emergencia sanitaria, la protección de nuestra privacidad y de nuestros datos personales, es más importante que nunca y admitir procedimientos en los cuales no conste de forma fehaciente que se preservará el anonimato y nuestra privacidad, es inaceptable.
Se habla y se escribe de transparencia por doquier y desde el poder público o financiero se nos advierte de las ventajas de que las instituciones sean cajas de cristal, aunque, como vemos incluso en tiempos de excepcionalidad, se apaga la transparencia pasiva y no pasa nada.

Nunca la intimidad de las personas ha estado más inerme frente al gran ojo que todo lo ve, que todo lo escruta, que permanente está al acecho sin que nosotros podamos verlo. Es el modelo del centro penitenciario ideado por Bentham en el siglo XVIII: el vigilante ve todo lo que acontece en la cárcel, eso sí, sin ser visto. El gran problema, por falta de sensibilidad hacia la libertad, somos nosotros mismos, que somos, como describe magistralmente Han, filósofo alemán, quienes colaboramos a la construcción de estas mazmorras virtuales en la medida en que mostramos a los vigilantes nuestra intimidad.