La Casa Blanca

¿Se dirige Estados Unidos a una guerra civil?

Los expertos creen que es posible debido a las divisiones que están a punto de desgarrar el país

Efectivos militares en Colorado. Michael Ciaglo/Getty Images)
Efectivos militares en Colorado. Michael Ciaglo/Getty Images)

Pocas cosas producen mayor terror que la idea de una guerra civil, y eso en España, lo sabemos muy bien.

La Guerra Civil en Estados Unidos tuvo lugar entre 1861 y 1865, cuando el Sur y el Norte se desangraron poniendo fin a la esclavitud, aunque fallando en erradicar el racismo, que sigue vigente y causando estragos en la sociedad moderna estadounidense.

Hace un par de décadas, la simple idea de que Estados Unidos pudiera ser una nación políticamente inestable era prácticamente irrisoria: en la cima del mundo, Estados Unidos se configuraba ya no como una potencia mundial, sino como la máxima potencia, dando ejemplo al mundo de cómo debían hacerse las cosas y ejerciendo de juez indiscutible sobre conflictos internacionales con la munición proporcionada por una fuerza militar tecnológicamente avanzada y profesional, y con la propaganda hollywoodense que todos consumimos tan alegremente desde los cines, alquilando vídeos, y ahora streaming.

Las divisiones están a punto de desgarrar el país

Los últimos años han ido erosionando ese sentimiento de patria por encima de todo que unía a los estadounidenses y los colocaba a la cabeza de todas las listas de éxito. Las divisiones se han ido profundizando, y los cambios que la nación cada vez más rica, pero con mayor brecha entre los que viven bien y los que sufren, se ha ido expandiendo, convirtiéndose en un pozo envenenado del que han ido bebiendo tanto las generaciones más conservadoras como las más nuevas, que anhelan un sistema que poco se corresponde con la hegemonía casi imperialista del país. Una sociedad mucho más individualista, pero que al mismo tiempo, comienza a plantearse formas de vida sin agenda, libres de oficinas, con mayor énfasis en el regreso a los sectores agrícolas, al abandono del industrialismo, y una falta pronunciada de ambición entendida desde el punto de vista de los 80s y 90s, cuando dominaba el Lobo de Wall Street, los rascacielos y el horario de 9-5 para volver a un apartamento minúsculo y gris en una gran ciudad como símbolo de éxito profesional. Esa idea del sueño americano es insostenible en un mundo que ha ido cambiando con la tecnología, pero que no es fácil de adoptar entre aquellos resistentes y temerosos al cambio. Todo ha cambiado.

Estados Unidos tiene un líder anciano (dejando a un lado la edad, en su forma de pensar), anclado en ideas que no se corresponden con la realidad del pueblo americano. Un país que en teoría encabeza la lista de los privilegiados a nivel mundial, pero que no puede ofrecer a sus ciudadanos un sistema de salud asequible -menos aún universal-; una educación superior no sujeta a prácticas leoninas; y que en incluso antes de la crisis de la COVID-19, veía cada vez a más familias viviendo en las calles por no poder permitirse el pago de alquileres, cuyos contratos no están protegidos de aumentos de precio indecorosos.

Todo este caldo de cultivo ha ido creando una sensación de desasosiego, que, con un presidente empeñado en echar leña al fuego, ha avivado antiguos rencores, despertado a grupos supremacistas que hasta cierto punto estaban hibernando, y alentando a grupos anarquistas y antisistema a alistarse para una posible Segunda Guerra Civil en los Estados Unidos de América.

Se respira la tensión en el aire

Horroriza pensarlo y, sin embargo no solo está en la mente de muchos norteamericanos, sino que empieza a ser un tema de preocupación, estudio y conversación en círculos tanto políticos como intelectuales de Estados Unidos.

El mismo partido demócrata ha advertido de un posible noviembre sangriento si Donald Trump pierde la reelección, y el mismo presidente está ya ofreciendo argumentos para deslegitimar el proceso electoral si sale derrotado, animando en sus mítines a represalias violentas si pierde los comicios.

El ambiente está tan tenso, que las últimas encuestas (Rasmussen Report, por citar un ejemplo) demuestran que 31 % de los consultados cree que es muy posible que Estados Unidos experimente una guerra civil en algún momento en los próximos cuatro años.
Estados Unidos de América está en peligro, y el presidente Trump no teme arrasar con la democracia y arrastrar a la nación a una Segunda Guerra Civil para satisfacer sus propios caprichos y delirios de grandeza.

Pudimos detectar síntomas de esa tendencia en su forma de pensar durante el juicio político, cuando temiendo ser destituido, sus discursos iban dirigidos a grupos armados para que salieran en su defensa.

Trump lo ha dicho en muchas ocasiones: no le gusta perder, y ahora que las encuestas lo sitúan muy por detrás de su rival de campaña, su estrategia se centra en preparar a su base para una posible derrota en las urnas, haciendo creer de antemano que las elecciones -en particular el sistema del voto por correo, que tanto él mismo como gran parte de su gabinete ha utilizado anteriormente- están amañados en su contra.

Trump es un presidente propenso a los discursos que incitan a la violencia, y en los últimos mítines ha utilizado la misma técnica para energizar a sus seguidores. Sin embargo, sus acciones cada vez son más desesperadas a medida que sus argumentos repetidos hasta la saciedad empiezan a fastidiar y aburrir a sus fanáticos. En los próximos meses veremos al presidente utilizar métodos aún más arriesgados para llamar la atención y tratar como sea de recuperar su gloria perdida, aunque sea recurriendo a la intimidación por parte de grupos extremistas de derechas, que ya se están frotando las manos ante la oportunidad que se les brinda de desatar impunemente el caos.

Grupos organizados esperan en las sombras

Entre las tendencias perturbadoras identificadas se encuentra un creciente cruce entre los supremacistas blancos y el movimiento Boogaloo, un grupo de extremistas antigubernamentales fuertemente armados que abogan por la guerra civil en los Estados Unidos.
El perfil de Boogaloo ha aumentado considerablemente durante la pandemia de coronavirus, especialmente porque ha tratado de evitar que los estados impongan bloqueos. Algunos de sus miembros también han conspirado para interrumpir o atacar las protestas del movimiento Black Lives Matter.

Muchos de estos grupos (hay identificados un centenar), se organizan por medio de plataformas encriptadas como Telegram, y aprovechan manifestaciones y protestas para causar disturbios muy bien planeados que van infiltrando su agenda entre los sectores más vulnerables de la sociedad, no solo estadounidense, sino a nivel internacional. Se prevé que muchos de estos grupos esperan a noviembre para salir a la calle y actuar.

Una tragedia a tiempo de evitar

Más allá de la crisis económica y de la COVID-19, el liderazgo fallido y la proliferación y el crecimiento de grupos extremistas violentos en todo el país, lo que más preocupa a los expertos es el hecho de que Estados Unidos está armado hasta los dientes con 300 millones de armas, cientos de miles de millones de rondas de municiones, y tres millones de veteranos militares estadounidenses que han traído a casa las habilidades de la guerra urbana y rural de Afganistán e Irak.

Sin embargo, es más preocupante el hecho de que la polarización política ha alcanzado niveles que no se veían en los Estados Unidos desde la Guerra Civil de la década de 1860.

La división entre la izquierda y la derecha se ha ampliado por los medios de noticias de televisión por cable, las plataformas de redes sociales y un presidente que ve su camino hacia la victoria electoral importándole solamente el 40% del país, cuota suficiente para aprovechar la ventaja en el voto de los colegios electorales que le dio la victoria en 2016, ya que no ganó el voto popular.
Dicho esto, aunque al menos 41% de los hogares estadounidenses posee un arma, el Gobierno Federal posee drones armados, vehículos blindados, aviones de combate, portaaviones, bombas e incluso cabezas nucleares, por lo que un escenario como en el conflicto del siglo XIX es difícil de imaginar.

Ahora, a la cuestión de si se puede evitar que la sangre llegue al río, la respuesta yace en el sentido común, y aunque los resultados de noviembre puedan crear un conflicto temporal, si Estados Unidos consigue poner en la Casa Blanca a un líder -aunque sea tan insípido como el candidato demócrata Joe Biden- hasta que se calmen las cosas y se empiece a buscar el diálogo y soluciones a los problemas actuales del país, la Guerra Civil (crucemos los dedos), al menos por ahora se puede evitar.