Tribuna

El test de las cinco

El ataque de Nelson fue repentino y el de Boris Johnson, también, fosilizado más de 200 años, y semejante a una rabieta

El ataque de Nelson fue repentino y el de Boris Johnson, también, fosilizado más de 200 años, y semejante a una rabieta. El vehemente Johnson tiene arrebatos del yanqui, que en su ciénaga bulle por aplazar las elecciones, fagocitado por la Covid. Le sentó mal que la ministra española de Exteriores, Laya, hiciera de su capa un sayo en Algeciras, a solas con Picardo, virrey de Gibraltar, para hablar de “un futuro de prosperidad compartida”. El inglés, como el yanqui, se pone hecho un basilisco, que es su modo de hacer política, olvida la dieta antiobesidad y se transforma en el tragaldabas de la Casa Blanca, vomita improperios y eructa como una vaca. De ahí que al día siguiente decretara la cuarentena a España y -por razones que aquí afloran- metiera en el mismo saco a Canarias y, salvo que las coronas respectivas medien, no haya puesto las cosas fáciles. El subconsciente establece un paralelismo entre Gibraltar y Canarias que está a punto de cumplir 80 años de historia. Es un vínculo por asociación. Se enciende la alarma en Gibraltar y los ingleses piensan inmediatamente en cobrárselas en Canarias. Johnson, por ese acto reflejo, responde asfixiando a las Islas ante la interferencia diplomática de Madrid que trató de camelarse al Peñón para que pacte con España un trato de favor en Europa, ahora que el brexit deja a la Roca en outside.

Es curioso este desencuentro hispano-británico, con Gibraltar y Canarias en el ajo. Se trata de un déjà vu entre la Segunda y la Tercera Guerra Mundial, de aquel holocausto a esta escabechina vírica: la primera vez que nuestros destinos se cruzaron en el camino fue en los primeros años 40, cuando Hitler arrasaba como Atila y pensó apoderarse del Peñón, y Churchill, desde Londres, organizó en secreto, como réplica, la invasión de Canarias, quid pro quo. Toma y daca. Franco mareó la perdiz, dio largas y confió en un golpe de suerte para sortear al Führer, que le pedía más implicación. Hoy podríamos ser una RUP británica en proceso de desconexión de Europa, no ya tanto por obra de Nelson como de Churchill.

El ferragosto trae calima, y lo que nos está pasando ahora con los ingleses hay que leerlo debajo del polvo y de la pátina del tiempo. En esta pandemia, el veto inglés a los turistas que nos visiten aislándolos como apestados ahonda en la herida, en el momento más crítico: la recesión consagrada públicamente este viernes. Que la economía española haya sufrido en el segundo trimestre una debacle sin precedentes del 18,5% de caída del PIB (Canarias, cinco puntos más, con toda probabilidad) nos retrotrae a la posguerra civil. España pasaba literalmente hambre y por eso Franco le hizo una lista de la compra a Hitler inasumible para entrar en la guerra y abrir paso al alemán hacia los dominios de Gibraltar y Canarias. Las Islas vivían al margen de su papel estratégico en el tablero de la gran contienda, ajenas al trapicheo sobre su porvenir; por sus calles paseaban y se cruzaban la mirada espías de los dos bandos. Entre anglófilos y germanófilos se debatía nuestra integridad y pertenencia. “El canto del mirlo libre y la canaria presa”, escribió Juan Ramón Jiménez, retratándonos en el símil del rehén. Ahora, en el léxico de los rebrotes renombramos la palabra cuarentena. Ya no la nuestra, que hibernó y fagocitó la economía, cuyas secuelas recogemos esta semana, sino la británica y nelsoniana cuarentena por las peripecias sobre Gibraltar y su consecuente repercusión canaria a modo de prebenda y coacción. Así que se cumplen 80 años del patibulario episodio en que los canarios fuimos moneda de cambio entre Hitler, Franco y Churchill, jugando sus cartas a costa nuestra y a nuestras espaldas. Si ahora sumamos con espanto las bajas del virus (677.000), hubo más de 50 millones de muertos en aquella barbarie. Al margen de flirteos y contubernios, la historia nos arroja a la cara todos sus excrementos y víctimas.

Un 25 de julio nos han atacado dos clases de Nelson. El mismo día del discreto aniversario por la pandemia recibimos la mala noticia de la pérfida Albión (que acuñó un poeta español y Napoléon repetía con adicción peyorativa), al incluirnos en la lista negra de los destinos turísticos objeto de la pena de cuarentena inglesa. En julio de 1797 Nelson reculó ya manco; ahora, en 2020, el premier ha recibido en el buzón del número 10 de Downing Street una carta de medio centenar de líderes económicos y empresariales de su país para que dé el brazo a torcer. La PCR en los aeropuertos parece ser la solución. El inglés, abusando de la confianza, siempre tramó atacarnos por sorpresa: envió a Nelson en el siglo XVIII y planeó invadirnos en los años 40, cuando temió perder el Peñón. Las efemérides se juntan solas, y este varapalo al turismo canario el día de la derrota de Nelson nos recuerda a la operación Pilgrim, al viejo Churchill conformando su flota y aviación para iniciar el desembarco por Gran Canaria, que se fortificó con casamatas en las playas y barricadas de mallazo y hormigón. Estaba todo listo para invadir estas islas si caía Gibraltar en manos de Alemania. Hitler, a su vez, puso en marcha el mismo año de1940 su operación Félix para plantarse en Gibraltar y adueñarse, de paso, de la pasarela canaria contra los planes de Churchill. Hitler negoció con Franco reforzar la seguridad del archipiélago, la manera educada de ocuparnos por la puerta de atrás, pero dio órdenes de actuar ante la pasividad del español. La sangre no llegó al río, porque la guerra, de un giro, dio un salto a Stalingrado.

En tan solo dos meses, en efecto, se cumplen 80 años de estos avatares, del circunloquio de siete horas de los dos dictadores en el famoso vagón del tren de Hendaya, el 23 de octubre de 1940. Al cabo de tantos años, entre canarios e ingleses, sigue entremetido Gibraltar. Como 80 años atrás, cuando Londres temió que le arrebataran el Peñón (y puso el ojo en Canarias), Johnson cree que España trata de enamorar a la Roca y nos corta el flujo turístico, la sangre de las venas. Que nos levante el veto depende ahora del test a las cinco, algo tan genuinamente inglés.