Tribuna

El legado de Alberto

Difícilmente podía imaginar, cuando tomé posesión como alcalde de La Laguna, que poco más de un año después habría de escribir estas líneas. La desaparición de Alberto Cañete ha sido un duro golpe para cuantos compartimos con él la ilusión de formar un nuevo Gobierno en el municipio; un reto que entonces asumimos como una […]

Difícilmente podía imaginar, cuando tomé posesión como alcalde de La Laguna, que poco más de un año después habría de escribir estas líneas. La desaparición de Alberto Cañete ha sido un duro golpe para cuantos compartimos con él la ilusión de formar un nuevo Gobierno en el municipio; un reto que entonces asumimos como una gran oportunidad de cambio en la gestión de lo público. En esa tarea estábamos inmersos cuando la muerte nos lo ha arrebatado en la plenitud de su madurez.
Conocí personalmente a Alberto al constituirse la actual Corporación, y debo admitir que hasta entonces no sabía de su brillante carrera como cantautor ni de su eficaz trayectoria como gestor cultural, algo que en seguida despertó mi curiosidad e, inmediatamente después, mi admiración.
Pronto descubrí en él a una persona muy hábil y capaz. Me sorprendió desde el primer momento su facilidad para aportar, su manera tan directa de afrontar los problemas, buscando siempre alternativas y posibles soluciones a situaciones empantanadas que para el resto nos parecían irresolubles. Como buen músico, tenía una envidiable habilidad para escuchar activamente y brindar luego un mensaje positivo y diferente, que nos hacía ver la realidad bajo otro prisma. Es una de las grandes enseñanzas políticas de su legado.
La firmeza con que defendía sus postulados era otra de sus cualidades que nunca dejó de sorprenderme. Daba a sus intervenciones un aplomo característico que rara vez pasaba desapercibido. No renunciaba a la batalla dialéctica, tanto en el salón de plenos como en las redes sociales, donde era muy activo. A veces, incluso, su vehemencia le llevaba a cometer algún exceso. Y sin embargo, nunca tuvo reparos a la hora de admitir un error, ni le dolían prendas si había de reconsiderar sus planteamientos, porque no había lugar en él para el cinismo. Cuando en ocasiones llegaba a la alcaldía enfadado por algún contratiempo, siempre acabábamos encontrando un cauce de entendimiento y se marchaba con una sonrisa.
No era el concejal de mayor edad del grupo de gobierno, pero de algún modo ejercía cierto ascendiente sobre los más jóvenes (“primo, lo estás haciendo bien”, me decía a menudo con una mezcla de proteccionismo paternal y colegueo). Cada vez me convenzo más de lo importante que ha sido, y lo sigue siendo, contar en el Gobierno municipal con miembros pertenecientes a distintas generaciones, en una combinación equilibrada de experiencia, veteranía y conocimiento, junto a la ilusión y el empuje de quienes comienzan su andadura política; un esfuerzo conjunto cuyo único objetivo es conseguir lo mejor para La Laguna. En ese papel de sumar siempre estuvo Alberto.
Estaba muy orgulloso de sus orígenes. De su padre, cuya figura como opositor a la dictadura reivindicaba siempre que tenía ocasión -la más reciente, precisamente, en la que a la postre sería su última intervención en el Pleno-, aprendió que la libertad y la justicia social no son bienes que se nos otorguen de forma gratuita, sino que es preciso luchar sin descanso para conseguirlos y para conservarlos. Ese fue uno de los motivos recurrentes de su vida y así se esforzó por transmitirlo a cuantos trabajamos con él.
En el Ayuntamiento de La Laguna deja atrás un buen número de proyectos (muchos esbozados, varios de ellos ya en marcha) al frente de las áreas de Educación, Juventud y Desarrollo Local, que dirigía. Deja atrás, también, un buen puñado de amigos; a su mujer, Inés, empleada de esta casa; y ese buen rollo que solo se desprende de los espíritus libres. Nos toca a nosotros continuar su labor con la misma dedicación y responsabilidad que él demostró durante este tiempo, tan corto. Es la deuda que hemos adquirido con el legado de Alberto y con quienes depositaron en él su confianza.
La marcha de alguien querido siempre es dolorosa. Pero una muerte repentina añade un punto de crueldad porque nos priva de la despedida. Me hubiese gustado tener una última conversación con Alberto. Entonces, con la misma camaradería que tantas veces empleó conmigo, le habría dicho: “Primo, gracias, nunca te voy a olvidar”.

*Alcalde de San Cristóbal de La Laguna