Tribuna

Gobernar la incertidumbre

Acabo de escuchar una conferencia de Felipe González, desde Guadalupe, que habla de la incertidumbre y de las políticas de regate corto, yo diría que cortísimo, que se aplican ahora para tratar de salir de situaciones críticas. Casi siempre coincido con lo que dice este hombre. Quizá sea porque representa a mi generación y los […]

Acabo de escuchar una conferencia de Felipe González, desde Guadalupe, que habla de la incertidumbre y de las políticas de regate corto, yo diría que cortísimo, que se aplican ahora para tratar de salir de situaciones críticas. Casi siempre coincido con lo que dice este hombre. Quizá sea porque representa a mi generación y los dos tenemos en común compartir valores que hoy se consideran obsoletos.

Curiosamente existen otras personas que tienen nuestra misma edad Y que demuestran un sorprendente nivel de adaptación a las nuevas propuestas. La duda es si han renegado de algo en lo que creían o han adoptado la posición cómoda de dejarse llevar por la corriente. A Felipe González se le desautoriza sin necesidad de rebatir sus argumentos, basta con hablar de puertas giratorias para hacerlo. La auténtica crisis está en comprobar cómo prenden esos argumentarios entre los que avalan cada día el éxito rotundo de la estulticia. El título de la conferencia es Gobernar la incertidumbre y se puede encontrar en la página de la fundación Yuste.

No voy a hablar de la conferencia ni de la afirmación que en ella se contiene, cuando se dice que lo peor de la incertidumbre es la propia incertidumbre. Son obviedades que encierran una verdad muy actual que merecería la pena analizar. Sin embargo, no es esto lo que voy a hacer. Lo que me llama la atención es la distancia que existe entre estos planteamientos de Felipe González, en torno a los que nos sentimos identificados muchos españoles de la llamada vieja guardia, y los de la nueva política, basada en la inmediatez y en la improvisación de las soluciones. Parece como si nos hubiéramos introducido en un constante procedimiento de prueba y error, con el agravante de que esta es una lógica para máquinas, y las máquinas nos aventajan en rapidez tanto como para dejar a Usain Bolt convertido en una tortuga.

Hoy se habla de fractura social, y sobre todo de falta de una respuesta unitaria frente a los problemas más urgentes, y yo creo que lo que se denota es una fractura generacional. El tono de Felipe González delata su convencimiento de que no va a ser entendido, de que los valores que defiende ya no serán compartidos y que hablar de la corresponsabilidad de la Transición no afecta para nada a los que no intervinieron en ella. ¿Qué nos ha pasado? ¿Quién ha abierto ese tajo profundo entre lo que pensábamos hace cuarenta años y lo que es obligado pensar ahora para que no te tachen de antiguo? La respuesta está incluida en la pregunta: el tiempo. Si esto es así, como así parece, hay que demandar a continuación si el tiempo es un factor tan importante como para que se haga necesario dejar de creer en lo que creíamos y apostar de nuevo por un cambio radical para fabricar escenarios más cercanos a la realidad. ¿Cuánto de cambiante es la realidad para que el tiempo influya tanto sobre ella? ¿O no será que hemos elevado la coyuntura a una categoría que no le corresponde y consagramos la inmediatez en el altar supremo de la actuación política? ¿Cuánto de intereses ajenos al bien de la comunidad influye en las decisiones que amparan los nuevos catecismos ideológicos y los manuales de estrategia? ¿Es a esto a lo que Felipe González llama incertidumbre? ¿Es auténtica esa sensación de impotencia por mantener la seguridad en la que hasta ahora nos apoyábamos, o se trata solo de un espejismo? La respuesta a estas cuestiones estaría resumida en una conclusión sencilla que podría concretarse en las actitudes de los nuevos liderazgos, pero me parece demasiado sencillo reducirlo a esto. Tiene que haber algo más. De momento constato, al escuchar a González, que existe una quiebra importante en esa convivencia cómoda que, según él, debe ser el principal objetivo de la política. Esa denuncia tendría que servir de toque de atención para todos los agentes implicados. Su alusión a los populismos no tiene desperdicio. Pero me temo que nosotros, los pobres ignorantes de una generación que se extingue, no tenemos nada que decir, porque no hemos entendido que las técnicas de la moderna sociología han invadido al componente ético de la praxis política; y, en este caso, tienen como objetivo prioritario consolidar los apoyos del liderazgo más que velar por el interés de las mayorías. Se impone el cómo sobre el para qué. Esto es lo que ha cambiado y lo que nos separa del mundo actual, provocándonos una enorme decepción.