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Trump monta en cólera en una jornada de esperanza azul

Los demócratas se adelantan en los conteos, pero aún es pronto para celebrar

El presidente Donald Trump nos tiene acostumbrados a sus pataletas. Cuando las cosas no le salen como quiere, sus tormentas en las redes sociales no se hacen esperar. Pero los resultados que a poco han ido dando a conocer los condados estadounidenses en disputa materializan el mayor de los temores del magnate inmobiliario, perder la reelección, y, en este caso, la perrera es monumental.
A primeras horas de ayer, los resultados le asestaban el primer golpe, la gran ventaja que tenía en Georgia se iba reduciendo drásticamente para desde el mediodía situar a su rival, Joe Biden, a la delantera. Por poco, es cierto, pero para ganar solo hace falta un voto: el ganador se lo lleva todo. Iracundo, el presidente volvía a repetir que había que parar de contar votos, vociferaba que su inmenso ejército de letrados iba a demostrar ante los jueces que le están robando las elecciones.
Donald Trump sigue la máxima de que cuando se repite una mentira muchas veces se convierte en realidad y, en este caso, si dice las veces que haga falta que los votos que se están contando son ilegales, terminará por ser cierto. Esta vez, no se lo van a dejar pasar.
El presidente sigue presumiendo de tener una carta en su manga, el Tribunal Supremo, y confía en que si lleva los casos hasta los magistrados, estos harán lo que él les dicte, al fin y al cabo, están ahí muchos de ellos, gracias a él. Uno se pregunta cómo se sienten estos jueces al escuchar los delirios del presidente: ¿Deseosos de obedecer a su líder? ¿Humillados por ser calificados indirectamente como corruptos?
La cuestión es que la mayoría de estas demandas que está interponiendo la campaña de Donald Trump tienen poco o ningún fundamento, y, aunque todavía en su círculo hay quienes apoyan los desvaríos del presidente, el senador Lidsay Graham de Carolina del Sur, por ejemplo, anunciando que donará 500.000 dólares de su bolsillo para la causa, una gran mayoría de republicanos en la legislatura preferirían, y así lo han dejado saber en sus declaraciones, que a estas alturas Donald Trump apele un poco a su dignidad y cierre el pico.
El segundo golpe llegaba del estado natal de Joe Biden, Pensilvania, en el que Trump ha estado batallando durante su campaña a sabiendas de la importancia de conseguir los 20 votos que aporta el estado. Cientos de miles de papeletas con su nombre en la primera jornada sacaban una sonrisa al mandatario, que se atrevía a presumir de haber ganado las elecciones. Pero la luz del día traía consigo devastadoras noticias para el líder republicano, que veía como la distancia se iba acortando y, en un anuncio de las autoridades electorales, la ventaja de 18.000 votos con la que se despertaba el presidente se daba la vuelta para ponerlo en un déficit de unos 5.500 votos, que seguirían despacio, pero de forma inexorable, hacia un descalabro del que Trump difícilmente se podrá recuperar.
De nuevo, amenazas, mayúsculas y disparates en Twitter que pocos llegaron a leer, dada la velocidad con la que el gigante de las redes sociales censuraba los mensajes de un presidente al que primero le recortan una rueda de prensa y ahora silencian en su medio digital favorito. No es una cuestión de limitar su libertad de expresión, Trump puede decir lo que quiera, pero no a través de medios privados. Además, la razón es de peso: incitar a la violencia o al descrédito de la democracia norteamericana a base de falsedades no es de recibo.
Pero, ¿qué herramientas le quedan a Donald Trump para seguir defendiéndose como gato panza arriba (y aludo a la famosa expresión, no a los memes que lo citan como una tortuga obesa en decúbito supino) cuándo se le niega la posibilidad de difundir su realidad alternativa? Todavía tiene medios que lo defienden, aunque su canal favorito, Fox, no le está brindando el apoyo que antes le daba, y algunos de sus acólitos también están siendo censurados en las redes, por cosas tan inocentes como en el caso de Steve Bannon, que pedía a los seguidores de Trump que salieran a las calles a degollar a demócratas. Todo muy normal. Muy democrático.
Trump, sin duda, está furioso. Está perdiendo terreno y está siendo silenciado. Ya se especula que próximamente estará llevando a cabo despidos: el director del FBI, Christopher Wray (al parecer Trump no aprendió la lección del despido de James Comey); a la directora de la CIA, Gina Haspel; al secretario de Defensa, Mark Esper, y, posiblemente, a su fiscal general, William Barr. Todos ellos acusados de una forma u otra, de no haberle proporcionado suficiente material sucio para ganarle la partida a Joe Biden.
Donald Trump, además, espera llevar la pelea más allá de los tribunales de la forma más infantil posible, negándose a conceder la victoria a su rival. Este gesto es de cortesía, pero absolutamente innecesario, por lo que, si no cambia de parecer, pasará a la historia, llegado el momento, como el presidente que armó un berrinche porque no supo perder.
Sin embargo, Trump aún no ha perdido, aunque todo apunte a su derrota. Las leyes electorales determinan un tiempo prudencial, incluso después de haber finalizado el conteo de todos los votos, antes de declarar formalmente al ganador, un proceso que termina a mediados de diciembre, y que se ratifica en los primeros días de enero. El presidente electo no jura su cargo hasta el 20 de enero de 2021, por lo que el actual mandatario, por ahora no se muda.
Llegado el momento, no sabemos si se irá de forma voluntaria o habrá que sacarlo a la fuerza (y esperemos que nos ahorre la escenita y el ridículo a nivel mundial), pero, hasta entonces, continúa siendo presidente, lo cual plantea algunas situaciones curiosas.

El presidente electo y el presidente de salida

El candidato que consiga reunir los ansiados 270 votos, y reitero, a estas alturas todo apunta a que será Joe Biden, es el presidente electo una vez sea declarado. Sin embargo, y en un país tan dividido y listo para armar líos, Joe Biden seguirá viviendo en su casa en Wilimington, Delaware, y no en la fortaleza, que es la Casa Blanca.
Por ahora, Biden tiene un pequeño equipo de seguridad para su protección que no se ampliará hasta que sea declarado electo, y, después, jurado en su cargo. Una situación muy peligrosa con tanto loco que anda suelto. Por cierto, lo del término de presidente electo parece ser una cuestión polémica, por lo que el antes aludido canal de noticias Fox envió un memorando a sus presentadores prohibiendo utilizar el adjetivo con respecto a Biden para no enfurecer a los enardecidos seguidores del presidente de salida.
Por otra parte, el mandatario Trump seguirá mientras tanto a cargo del país, y podrá aún hacer y deshacer a su antojo dentro de los límites constitucionales, lo que lleva a la pregunta de si tratará de otorgarse a sí mismo el perdón presidencial (recordemos que tiene abiertos decenas de procesos en los que está siendo investigado por fraude, evasión de impuestos e incluso acusaciones de índole sexual), o buscará la fórmula para conseguirlo para él y su familia. Por descabellado que parezca, ya en su momento empezó a indagar si es posible auto perdonarse.
Otra cuestión es si Donald Trump recibirá como es costumbre en la Casa Blanca al presidente electo y a su esposa Jill Biden, o si seguirá actuando como un niño malcriado y se saltará el protocolo. Lo mismo con respecto a la inauguración del nuevo presidente en enero, de la que ya podemos pronosticar que contará con una mayor asistencia que a la de Trump, hecho que ha fastidiado al mandatario actual hasta el sol de hoy, que sigue comparando su multitud con la de Obama. Como anécdota, recordar que las fotos de aquel día fueron adulteradas por la Casa Blanca para mostrar más gente que la que había, ya empezábamos mal.
Lo que sí sabemos es que Trump es famoso por su mal genio y es conocido que trata a gritos e insultos a sus empleados, que golpea y rompe muebles cuando está enfadado, y que la culpa de lo que ocurre nunca es suya. Si pierde las elecciones tendrá que acostumbrarse a que ya no le corresponde chasquear los dedos y que las cosas se hagan a su manera. Tendrá que hacerse a la idea de que es el primer presidente que perdió el voto popular en dos ocasiones en Estados Unidos y que es un mandatario de un solo término, lo que no había sucedido desde hace 28 años. Tal vez algún día se dé cuenta de que cuando abandone la Casa Blanca, ya será solo uno más y habrá perdido su oportunidad de pasar con brillantez a los anales de la historia de Estados Unidos dejando a su paso la huella de un gigante.

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