De eso no hablo yo

El lunes me llamaron de una radio para hablar del coronavirus. Me negué. La puta epidemia se ha convertido en un mono tema y no se habla de otra cosa. Para los políticos es una bendición. Nadie se ocupa más que de Illa y de ese médico flaco que se va de vacaciones con Calleja cuando más arrecia el virus. Ahora no me viene el nombre. Ah, sí, Simón, como el vino y el gazpacho de Mercadona. Los medios deberían aflojar sus informaciones sobre la pandemia, porque las noticias que la rodean han dejado de existir. Miles de cosas positivas no son publicadas porque en su lugar se encuentra el mono tema, que es ya irresistible para las mentes normales (otra cosa son las mentes anormales). Con lo bien que se está en casa, ¿a qué coño salen a la calle por gusto? El otro día, hablando con Paco Moreno, el jefe de la tele canaria, me decía que la pandemia ha cambiado a la sociedad, que ya se maneja sólo por la red de redes, desde donde se solicita desde un cuarto kilo de pata a un papel del ayuntamiento, que vienen a ser lo mismo. Lo que no dejan de llegar son los impuestos, bien por las cartas negras de Hacienda, tan negras como su propia suerte, bien por correo electrónico, porque ya Hacienda le ha cogido el gusto al ordenata y lo manda todo por ahí un viernes por la noche, para joderte el fin de semana. Los carteros traen toneladas de paquetes de China; han sustituido a los Reyes Magos y además no cagan en la calle, como los camellos. El otro día me mandaron un chiste. Se ve la silueta de los cuatro reyes. Gaspar le pregunta a Melchor: “¿Pero no éramos tres?”. Y el cuarto de la fila, con voz queda, susurra: “¿Por qué no te callas?”. Era el emérito, camuflado.

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