EL CHARCO HONDO

El Rey

Cuando realmente lo hicimos mal fue antes, no ahora. Hijos o nietos de los placebos del franquismo agonizante, el problema lo tuvimos mientras prorrogamos la farsa de la tutela, la figura del padre icónico, de un caudillaje consentido o no, de la personalización de la jefatura del Estado. El pecado no fue la monarquía sino […]

Cuando realmente lo hicimos mal fue antes, no ahora. Hijos o nietos de los placebos del franquismo agonizante, el problema lo tuvimos mientras prorrogamos la farsa de la tutela, la figura del padre icónico, de un caudillaje consentido o no, de la personalización de la jefatura del Estado. El pecado no fue la monarquía sino el juancarlismo, la inmadurez con la que el país se sintió cómodo prolongando la presencia en lo más alto (en la estratosfera de la inviolable permisividad) de la figura de un caudillo avalado, esta vez sí, por el parlamentarismo democrático. Con los medios de comunicación y sus accionistas como colaboradores tan necesarios como imprescindibles, se blindó al Rey envolviéndolo con una funda de efectos especiales, lo disfrazaron de superhéroe de los cómics, le cosieron un traje con el que pudo moverse protegido por la invisibilidad, por el consentimiento, por un pacto no escrito según el cual había que mirar para otro lado, saber sin contar, dejarlo estar. El Rey se emborrachó de sí mismo. Acabó sintiéndose autorizado para todo tipo de andanzas, transacciones y excesos, sí, así fue, pero el país se lo puso fácil, jugó a puerta vacía, los españoles le reíamos las gracias mientras su graciosa majestad hacía o deshacía en el límite del bien y del mal. Con la grada pidiendo oreja y rabo, toleramos que el monarca heredara la opacidad que protegió al dictador. Cuando lo hicimos realmente mal fue antes, no ahora que Hacienda nos ha contado que los reyes son los padres. Ahora sí, enterrada la idiotez de confundir al jefe del Estado con un príncipe de Disney, la trasparencia, los inspectores fiscales, la prensa y la opinión pública han puesto a la institución en su sitio, en el Estado de Derecho, en un marco de exigencia, ejemplaridad o utilidad equiparable a otras instituciones que, por cierto, tampoco han sido referencia de excelencia en sus quehaceres o, en según que casos, en sus comportamientos públicos o privados. La renovación de la monarquía es un hecho, ya ha ocurrido, es lo que está pasándole al emérito. Chirría el mensaje sincronizado de que Felipe VI es el Rey de la derecha. El jefe del Estado es el de todos, sin corralitos. El Gobierno de España no es el de la izquierda, sino el de todos. A los ajedrecistas de salón más les vale dejarlo estar, no es el momento de abrir el melón, entre otras razones porque una presidencia de la república concursada por la actual generación de políticos -sin duda la más floja de las últimas décadas- no parece que huela a mejora sino a problema añadido.