Por qué no me callo

Biden, a 24 horas de zarpar

El caso del último presidente de los Estados Unidos revela hasta qué punto las urnas no son en absoluto infalibles, y de todos sus defectos el mayor es la impericia que demuestra nuestro modelo político como filtro de candidatos con valores democráticos contrastados. Europa lo constató en los años 30 con la irrupción del partido […]

El caso del último presidente de los Estados Unidos revela hasta qué punto las urnas no son en absoluto infalibles, y de todos sus defectos el mayor es la impericia que demuestra nuestro modelo político como filtro de candidatos con valores democráticos contrastados. Europa lo constató en los años 30 con la irrupción del partido nazi en Alemania y la llegada al poder de Hitler y no ha cesado de experimentar la aparición de fenómenos que atentan contra la democracia disfrazados de una ortodoxia dudosa respecto a los modelos tradicionales de libertad.

Trump se enfundó de demócrata y ganó la presidencia frente a Hillary Clinton, del mismo modo que Fujimori, un dictador encubierto, derrotó a Mario Vargas Llosa en Perú. En ambos casos, el sistema pecó de candidez, dejando colar a dos personajes que perseguían exclusivamente el triunfo electoral como un acto de abordaje, para apoderarse de las riendas del poder y tratar de perpetuarse. Si Vargas Llosa y Hillary Clinton conversaran públicamente sobre sus respectivos adversarios caerían en la cuenta de que se habían enfrentado democráticamente a las máscaras de un Carnaval político que se copia y se extiende por todos los continentes. Fujimori, a la primera de cambio, disolvió el Parlamento y trató de revertir la democracia en un sistema dictatorial. Sobre Trump no hace falta sino recordar el asalto al Capitolio del día 6 de enero que él promovió personalmente con un mitin en tal sentido, horas antes, en los alrededores de la Casa Blanca.

Ahora, Joe Biden, dentro de 24 horas, está llamado a desempeñar el cargo mirando al trumpismo con el rabillo del ojo. En la entrevista de María Rozman, este pasado domingo, en DIARIO DE AVISOS, Juan Verde, exasesor de Obama, nominado a formar parte del nuevo gabinete de la Casa Blanca, espetó la dolorosa sospecha de que si en cuatro años no se encauza la vida política del país, dividida en dos bandos irreconciliables, está abocado a una guerra civil.

Atribuir tales riesgos a cualquiera de los estados hispanoamericanos, donde cabe presumir que el ADN político conserva intactos los genes totalitarios, no deja de ser coherente con la historia, pero mencionarlo de la nación de naciones, como decía Whitman, el país más poderoso de Occidente, la mayor potencia militar y económica de nuestro entorno, equivale a hacernos el harakiri. La degradación del sistema y de los líderes ha llegado a ese extremo.

Si a la democracia hemos de reprochar que semejante cosa suceda, no perdamos el tiempo en exégesis academicistas. Se han infiltrado las bestias más salvajes en las tribunas de la libertad, y ahora, mañana, toca desinfectar el templo, el altar, el cáliz y hasta las obleas, y confesar los pecados para ganar el perdón. O la democracia se exorciza y barre la casa por dentro hasta el último rincón o el día menos pensado salta la chispa que teme Juan Verde y cuyas consecuencias no nos dejarán a salvo. Es el momento más crítico de la historia de la democracia, que hace que rusos y chinos se froten las manos. Biden va a necesitar Dios y ayuda.