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Génova 13

Todos los partidos españoles, en la izquierda y en la derecha, siguen el modelo leninista. Se conciben como la vanguardia organizada de un grupo social, y quien gana el poder en su seno lo ejerce autocráticamente. Es aquella famosa comparación de Alfonso Guerra de que el que se mueve no sale en la foto. Según las circunstancias, a veces no es suficiente con no moverse, y ni siquiera con permanecer mudo: es preciso verbalizar la adhesión inquebrantable al líder, o, al menos, abstenerse de la menor crítica, como los socialistas canarios con Pedro Sánchez. Los rebeldes e inadaptados a veces terminan abandonando la política. El grave problema se plantea cuando el líder es un mal político, un incompetente o un frívolo; en tales casos, si el partido no dispone de una fuerte organización muy implantada en todo el país puede llegar a desaparecer, como UPyD o Ciudadanos. Y si dispone de ella, queda peligrosamente debilitado. Es lo que le está ocurriendo al Partido Popular, que un mal político rodeado de malos políticos como fue Mariano Rajoy dilapidó una mayoría absoluta y once millones de votos, que son el sufragio del que dispone el centro derecha español.
La situación de los populares es todavía peor. Pablo Casado no tiene personalidad de líder ni experiencia, y está muy mal asesorado. Transmite una imagen de debilidad que se difumina cada vez más, y es muy dado a ocurrencias y errores, como el voto negativo en la moción de censura presentada por Vox, cuya competencia no sabe gestionar. Está obsesionado con enfrentarse a la derecha radical, y olvida que su enemigo es Pedro Sánchez, no Santiago Abascal, de quien depende para gobernar en Madrid, Andalucía y Murcia, y de quien dependerá en el futuro para intentar llegar a La Moncloa, empresa que cada vez tiene más imposible. Toda su estrategia se basa en un viaje al centro, en donde no hay más allá de un par de millones de votos con tendencia a la volatilidad y a creerse que el PSOE es socialdemócrata, viaje al centro que le ha hecho olvidar a todos los millones que le votan desde la derecha, para los que, por momentos, está dejando de ser una referencia identificable. En Cataluña, por ejemplo, en donde Vox lo aplastó, los potenciales votantes populares en realidad no sabían qué significaba votar al PP y prefirieron la apuesta segura de la derecha radical. Por si fuera poco, Pablo Casado tiene miedo a la competencia intrapartidista de personalidades más fuertes que la suya, que sí son referencia, como Isabel Díaz Ayuso o Cayetana Álvarez de Toledo, y, en consecuencia, no apoya a la primera y sacrificó a la segunda.
Después, por si faltaba algo, está el segundo asunto crucial que Casado no sabe gestionar: la corrupción. Todos los partidos españoles relevantes, en la izquierda y en la derecha, se han financiado -o se financian- ilegalmente (si el Auditorio de Santa Cruz y otras construcciones canarias pudieran hablar), desde Convergència i Unió y la familia Pujol hasta los socialistas andaluces. Ahora bien, el problema para los populares no es Génova 13; el problema es que, por culpa de ocurrencias mal calculadas de Rajoy y Soraya, la inmensa mayoría de los medios y los periodistas españoles son izquierdistas militantes y filosocialistas. Y ejercen como tales.

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