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Como no salgo a la calle

Como apenas salgo no me entero de tantas cosas como antes, así que tampoco puedo contárselas a ustedes. Pero ya he dicho que un balcón es la mejor atalaya para observar la calle a vista de pájaro, así que definitivamente me he instado en el balcón. Sólo me falta la tienda de campaña, estoy pendiente de ir a Decathlon a comprarme una apropiada, porque tampoco mi balcón es la plaza mayor, sino algo más pequeño. Con el buen tiempo, viviré bajo la lona y recogeré el rumor de la calle. Es la mejor forma de hacerlo sin riesgo, o con el menos posible. Pasan los guardias y me saludan; pasa Pedrito, el ciego de los cupones, con sus números ganadores; pasa el borrachito enemigo del cajero automático; pasa una Venus por la acera de enfrente, que no mira a nadie, concentrada en la conversación con su amor a través del celular; pasa un grupo de negritos de los que quedan por aquí, aseados e impecables en cuanto a las normas de la COVID. Pasa una taxista guapa, que detiene su vehículo para sacar veinte euros del cajero. Y observo, doloridos y apretados, a los que salen de la consulta del dentista. Tengo un sobrino al que le dan ataques, como epilépticos, en cuando siente que le tocan el diente. Vaya tipo cagado. Mini está echada al sol del Puerto y una fila de coches baja hacia ninguna parte, porque la calle de mi casa permite solamente un rodeo absurdo, para que los clientes del Hannen contemplen los modelitos de coches, baratos y petardos, con alguna novedad. El Puerto se ha convertido en un circuito continuo de circulación rodada, porque, al no existir aparcamientos, nadie puede parar el coche y bajarse. Los camiones de reparto rompen las aceras y yo me tomo una buscapina porque me duele la pierna. Qué divertido, ¿no?

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