tribuna

Las encuestas que no le podré contar a usted

Si necesitásemos una prueba de la pereza y falta de iniciativas que atenazan a buena parte de eso que se llama nuestra clase política, una prueba más, la encontraríamos en la inadecuada legislación electoral que tanto entorpece la buena marcha de nuestra democracia. Como suena. Así, el que, a partir de este momento en el que escribo, yo no le pueda contar a usted, que me lee, escucha o ve en televisión, los datos de las más recientes encuestas que anticipan el posible resultado de las urnas en las decisivas elecciones madrileñas del 4 de mayo, es un absurdo denunciado por todos en cada campaña, pero que ahí sigue vigente. Y eso, en plena era de Internet, que hace imposible vigilar el que no se difundan los sondeos realizados en la última semana antes de las elecciones, como pretende una ley claramente obsoleta que todos simulan acatar, pero que se saltan a la torera por lo bajini en cuanto pueden. Ya digo: es un ejemplo.
Pero hay mucho más: me parece nefasto que la mentada legislación electoral no se haya modificado para que sea el más votado quien gobierne, en lugar de estar atado a pactos absurdos -con Vox en el caso del PP de Isabel Díaz Ayuso; con Unidas Podemos en el caso del PSOE de Gabilondo_con formaciones extremistas, con las que, en el fondo, tanto PP como PSOE tienen poco que ver y que están enlodando la ya embarrada vida política madrileña y, claro, española. Hubo algún día un conato de acuerdo entre los partidos -eran los viejos tiempos del bipartidismo- para proceder a esta modificación al menos de cara a las elecciones autonómicas y locales; pero ya se sabe que todo consenso para un avance positivo acaba siendo algo imposible entre nuestras fuerzas políticas. Y así, permanece el despropósito de los socios a palos, de los gobiernos autonómicos y municipales Frankenstein durante años y años, elección tras elección, legislatura tras legislatura. Y en Madrid, el 4 de mayo, volverá a ocurrir.
Podríamos seguir con los ejemplos: habría que establecer la obligatoriedad legal para todos los candidatos de celebrar debates en los medios de comunicación, evitándose espectáculos como los que hemos vivido. O prescindir de la por completo innecesaria jornada de reflexión. O imponer la limitación de gastos en mítines y propaganda. O ajustar las competencias (e incompetencias) de las juntas electorales. O, más importante aún, desbloquear las candidaturas para evitar la dictadura de los aparatos de los partidos. O reglamentar y consensuar el funcionamiento del Centro de Investigaciones Sociológicas en sus sondeos preelectorales, para evitar, ejem, desviaciones presuntamente interesadas.
Y así, un muy largo etcétera de reformas pendientes, que harían de las campañas en particular y de la vida política en general un espacio más habitable, menos sujeto a exabruptos, chalaneos y negociaciones vergonzantes en la oscuridad, un espacio más transparente y lógico. Más democrático e igualitario y menos susceptible de corruptelas, en suma.
Pero ya ve usted: seguimos en lo de siempre y en lo siempre denunciado. Con un desarrollo de las campañas cada vez más lamentable, más indicativo de la decadencia de nuestras formas políticas, que tantas veces son más importantes que los fondos. Sí, estas campañas en las que se nos lanzan mensajes pensando que somos tontos, y supongo que no hace falta que entre en detalles sobre el particular para demostrarlo.
Así que ya sabe: encuestas de última hora, para el uso exclusivo de los estados mayores de los partidos poderosos que pueden pagárselas, haberlas haylas. Pero yo, que conoceré sin duda algunas, no se las podré contar. Y temo que en la próxima batalla electoral tendré que escribir de nuevo una columna como esta, sin esperanza en regeneración alguna de esta vida política, tan de balaceras, tan navajera, tan mendaz en los mensajes que nos gritan.

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