Farmear aura” es una expresión de la Generación Z que significa ganar prestigio mediante gestos y poses que transmiten seguridad y personalidad. Me puso sobre la pista mi compañero David Martín, de Atlántico Televisión, mientras grabábamos un Punto de Vista. Me sugirió escribir sobre el asunto. Y aquí estoy, porque David es buena gente y nunca es tarde para conocer las aquelladas de los paisanos del mañana.
El invento procede de los videojuegos, donde “farmear” consiste en acumular recursos. El “aura” representa el magnetismo personal. Dicho en cristiano: hacerse el interesante, pero con denominación de origen digital.
Pertenezco a una generación que, para ganar prestigio, tenía que estudiar, trabajar o, como mínimo, invitar a una ronda. Ahora basta con caminar despacito, mirar al infinito y poner cara de estar resolviendo los misterios del universo. Antes, al que hacía semejante papelón lo llamábamos fantasma. Ahora farmea aura. Hemos progresado una barbaridad.
Hasta Lamine Yamal, ese prodigio futbolístico que parece haber nacido con un balón debajo del brazo, ha hablado del aura como esa presencia especial que provoca admiración al entrar en un lugar. Algo parecido al efecto de Brad Pitt cuando aparece en una verbena popular.
Aristóteles, ante semejante revelación, habría solicitado el VAR. Siglos de filosofía preguntándose por la esencia del ser humano para que llegue Lamine y resuelva el asunto con un “guau”. Kant escribió ochocientas páginas. Mi primo Brad Pitt sólo necesitó, sobreponiéndose al frío, aparecer en calzoncillos.
Lo extraordinario llegó cuando descubrí concursos de farmear aura entre jóvenes latinoamericanos. ¡Concursos, cristiano! Dos muchachos se enfrentan intercambiando miradas, posturas y movimientos inspirados en memes. Una especie de luchada sin agarradas ni terrero y, por lo visto, sin necesidad de tener todos los tornillos apretados.
Entre las especialidades figura la sigma pose: quedarse muy serio, aparentando una superioridad intelectual que puede no existir ni por equivocación. Después viene el aura walk, una caminata solemne, como si el muchacho acabara de comprar el Banco de España y estuviera buscando dónde aparcarlo.
También practican el mewing, que consiste en colocar la mandíbula para mejorar el perfil facial. Nosotros, para sacar la mandíbula, íbamos al dientista. Y aparece el six-seven, un gesto de manos cuyo significado puede ser cualquier cosa o absolutamente nada. Una maravilla que permite mantener conversaciones enteras sin correr el riesgo de decir algo inteligente.
Lo delicado es elegir al ganador. Imagino al jurado deliberando sobre cuál de los contendientes ha hecho mejor el bobilín sin parecer completamente un rebenque. Porque una cosa es tener aura y otra tener la cabeza como un solar. No consta que hubiera controles antidopaje ni ambulancias psiquiátricas en la puerta, aunque alguna precaución habría resultado institucionalmente razonable.
Confieso que abandoné la investigación por prescripción facultativa. En mi infancia, si un muchacho caminaba como un marqués, sacaba la mandíbula y movía las manos como un guardia de tráfico, su madre lo agarraba por una oreja y le decía: “Mi niño, échate un rato, que a ti te falta un agüita.” Y asunto resuelto. Sin jurados, puntuaciones ni chácharas importadas.
Tampoco conviene ponerse estupendo. Cada generación tuvo sus tonterías. Nosotros llevábamos pantalones de campana, patillas de bandolero y nos deslizábamos con los andares de John Travolta. La diferencia es que hacíamos el ridículo gratis. Ahora lo convierten en contenido viral y hasta cobran por ello.
Yo, a estas alturas, no pienso farmear un carajo. Bastante trabajo me cuesta conservar el poco fundamento que me queda. Además, si camino despacio, miro al infinito y saco la mandíbula, no gano prestigio: me llevan directamente a Urgencias.

