Superconfidencial

A domicilio

Ahora todo se compra a domicilio. Las tiendas han perdido peso, aunque el otro día fui a un centro comercial de La Orotava y estaba empetado. Claro que era la víspera del llamado Día de la Madre, una fiesta que inventó en su día El Corte Inglés. Casi todo se pide ahora a domicilio y […]

Ahora todo se compra a domicilio. Las tiendas han perdido peso, aunque el otro día fui a un centro comercial de La Orotava y estaba empetado. Claro que era la víspera del llamado Día de la Madre, una fiesta que inventó en su día El Corte Inglés. Casi todo se pide ahora a domicilio y por eso hay tanta Vespa por las calles, correteando de aquí para allá. Yo pido por teléfono hasta la comida de la perrita y me la traen puntualmente a casa. Ya no me molesto en ir de tienda en tienda, llamo y compro lo que necesito. La comida mía, igual. Hace muchos años leí que esto iba a pasar y no me lo creí. No leí que la cosa iba a ser provocada por una pandemia, sino por la inercia de los tiempos. Salir a la calle iba a ser una aventura en las grandes ciudades. Los augures decían que se acababa la vida en la calle para dar paso a la aburrida existencia en las casas, donde uno se siente seguro; y que todo lo necesario se pediría a través de la internet. Bueno, pues la COVID ha hecho posible la predicción, antes de tiempo. Quizá todo esto cambie, en nuestras privilegiadas Islas, cuando se acaben los estados de alarma y los toques de queda, porque nuestro clima hace añicos la predicción a la que me he referido: no existirá ningún motivo –cuando cesen las alarmas- para quedarse uno en casa, sino para dar pábulo a la alegría moderada, recuperar el turismo, levantar la economía y detener la sangría de pobreza que nos ha traído la maldita pandemia. Casi no he escrito sobre ella, porque no me apetece. Me he limitado a cumplir escrupulosamente las normas que nos ha impuesto la autoridad sanitaria. Espero que todo termine pronto, porque la situación parece que ha mejorado. A ver si es verdad.