tribuna

El tiempo que se escapa con aroma a café

Hace tiempo intenté comprar uno de esos tarros que se utilizan para meter los lápices y los bolígrafos y que se colocan sobre las mesas de los escritorios, pero solo encontré una jarra con asa que dice: “Nothing stands between a human and his coffee”. Me he acostumbrado a verla enfrente de donde escribo y he llegado a la conclusión de que entre mi café y yo estarán solo las herramientas que siempre he usado para la escritura y que ahora han pasado a ser auxiliares.
Las minas de los lápices escuálidos y pochos, los capuchones azules de los bolígrafos y los mastodónticos rotuladores asoman como pueden de la porcelana que los encierra, y a mí me parece que están prisioneros en un tiempo donde ya no pintan nada. El ordenador les ha quitado protagonismo, pero no es verdad, porque me sirven para hacer anotaciones sobre el panel blanco del tablero, que luego borro con un trapo impregnado en alcohol. No lo hago para que no mueran sino porque, en realidad, me son necesarios para hacer los recordatorios de lo que luego voy a plasmar definitivamente en la pantalla.
Cada maestrillo tiene su librillo. Esto lo afirmo debido a que no reconozco que llevo aún el lastre de lo obsoleto a mis espaldas, que soy el nexo de las costumbres que no se quieren abandonar a pesar de que lo moderno se imponga de forma incontestable. Sigo usando lo que aquel feriante llamaba con sorna máquinas de escribir a pulso, alternándolas con las impresiones digitales que mis dedos transmiten sobre el teclado. Ignoro si esto es negarse a la modernidad plena, o solo consiste en la resistencia de lo que está a punto de desaparecer y se sirve de mí para aferrarse a una costumbre que ya parece innecesaria.
Yo me creo así que voy a caballo de dos mundos, en donde la imagen que dejo atrás se diluye ante la que viene a sustituirla. Quizá así consiga que lo que forma parte de mi condición temporal no desaparezca del todo y se haga un sitio a codazos, recurriendo a esos utensilios cariñosos que me acompañaron desde el principio. Nada se interpone entre mi café y yo. Solo es un símbolo, una frase que vale para decorar un objeto que desempeña una función semiótica, aquello que Humberto Eco denominaba fisión semántica; un fenómeno por el que una cosa pasa a representar algo diferente para lo que fue creada.
Hace tiempo que me sirvo de una de esas máquinas para extraer el sabroso café que viene en cápsulas y que anuncia George Clooney como un producto tan valioso como el oro. La jarra con asas que empleo para almacenar lápices, bolis y rotuladores ha quedado en el limbo de lo que ya no tiene valor. Sustituir al café por los elementos auxiliares que uso para plasmar mis ocurrencias en un texto coherente es lo menos que puedo hacer para salvar a ese hermoso recipiente.
Quizá lo que estoy haciendo en este momento no sea otra cosa que llevar a cabo un ejercicio de resistencia, una manifestación de protesta ante un futuro que me invade en el presente con una fuerza irresistible. He visto una foto mía que alguien colgó en el archivo de su móvil y no me reconozco. No soy aquel que era. Nadie es igual. La persona que introdujo mi imagen en su memoria tampoco es la misma, o eso creemos los dos cuando regresamos al territorio de los recuerdos, pero nos equivocamos porque existen muchos más datos para identificarnos que para rechazarnos como desconocidos.
Yo escribo sobre las mismas cosas, o, al menos, utilizo los mismos procedimientos para extraer las ideas de mi cerebro. No importa que ya no use lápices o bolígrafos. Ahí sigue estando mi mente, sin barreras ni fronteras, sin nada que se interponga, como me recuerda la taza blanca con diseño sueco que ocurre entre mi paladar y mi café de todas las mañanas.

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