Proyecto Microplásticos Fundación Diario de Avisos

¿Estamos comiendo plástico?

Hace algunos años, un estudio mostró por primera vez que las heces humanas contienen microplásticos

Por Javier Hernández Borges*

Durante los dos últimos años, en los que he impartido varios cursos de extensión universitaria sobre la problemática de los microplásticos, además de diversas charlas y seminarios, me he dado cuenta de que una de las frases que más asombro despierta entre los asistentes es aquella que dice “que se estima que ingerimos una cantidad de plástico equivalente a una tarjeta de crédito a la semana”, lo que vienen a ser en torno a unos 5 gramos. Si bien desde mi experiencia profesional y docente, trato de presentar el problema de una manera objetiva y rigurosa, con datos científicos contrastados, que ya de por sí son realmente abrumadores y preocupantes. El interés de la gran mayoría de los asistentes se ve de repente incrementado cuando hablamos de algo que nos toca muy de cerca: la alimentación. ¡Es que eso de ser plastívoros no gusta a nadie!
La frase no es mía, sino que surgió a partir de un estudio llevado a cabo hace algunos años por la Universidad de Newcastle en Australia, en la que se realizaron estimaciones de la ingesta de plástico por parte del ser humano, considerando el contenido en microplásticos encontrados en multitud de bebidas y alimentos. En ese momento, se hablaba sobre todo de la ingesta de aguas, de marisco, de azúcar, miel, sal e incluso de la tan venerada cerveza. Sin embargo, hoy en día son cada vez más los estudios que están poniendo de manifiesto que son muchos más los alimentos en los que aparecen, pero, como son plásticos extremadamente pequeños, invisibles al ojo humano, no somos conscientes de ello.

Además de esto, hace algunos años, un estudio mostró por primera vez que las heces humanas contienen microplásticos. Quizás pensamos, a pesar de lo impactante de la noticia, que no habría nada que superara esto. Al fin y al cabo, hablábamos una vez más de “comer plástico”. Sin embargo, el pasado mes de enero, un trabajo llevado a cabo por varios hospitales y universidades italianas mostró por primera vez que los microplásticos han conseguido llegar también a la placenta humana. Sí, sí, no es una errata… ¡placenta humana! Los microplásticos no solo están en todas las aguas del planeta, en los suelos, en el propio aire, en los alimentos… sino que incluso nos acompañan desde antes de nacer y, aunque todavía es necesario estudiar en profundidad qué efectos puede tener esto en nuestra salud y cómo han llegado hasta la placenta (e igual también a otras partes de nuestro organismo que desconocemos), la realidad es que esas diminutas partículas plásticas no deberían estar ahí.

Son muchas las preguntas que los científicos estamos tratando de responder en este campo y no está siendo nada fácil, ya que la propia determinación de microplásticos es extremadamente compleja. Al tratarse de partículas muy pequeñas debemos primero separarlas del resto de la matriz en la que se encuentran (como, por ejemplo, del estómago de un pez, de cualquier alimento…), para luego estudiar su forma, tamaño y composición; esto último es clave para saber con certeza si realmente se trata de un plástico o no. En este campo, el dicho “como encontrar una aguja en un pajar” cobra total sentido.

Por si fuera poco, durante todo el proceso corremos el riesgo de contaminar las muestras con microplásticos presentes en el propio laboratorio. Sí, cualquier espacio cerrado contiene sobre todo microfibras procedentes de los tejidos de nuestra ropa, que se pueden desprender y acabar en la propia muestra. Por eso usamos ropa que no desprenda muchas fibras, filtramos el aire del laboratorio y cualquier disolución que utilicemos, trabajamos en entornos cerrados, analizamos constantemente blancos para garantizar que no se produce dicha contaminación… En nuestro laboratorio, la obsesión ha llegado al extremo de que parecemos “repartidores de butano” en lugar de investigadores, porque hemos comprado batas naranjas para tratar de identificar fácilmente la contaminación debida a nuestra ropa.

Es precisamente durante estos controles que hacemos, y que finalizan en su visualización en una lupa binocular, donde nos damos cuenta que realmente hay microplásticos en todo lo que nos rodea. ¿Cómo no van a acabar en los alimentos si en realidad están en todos lados y cada vez dependemos más del plástico? No se trata de ser conformistas y de pensar que simplemente están ahí y que no podemos hacer nada. Todos debemos aunar esfuerzos para que estos nuevos contaminantes, porque son contaminantes, no acaben en nuestra mesa, entre otros lugares, para que no terminemos finalmente ingiriendo una tarjeta de plástico, no ya a la semana, sino al día…

*Profesor Titular de Química Analítica y coordinador del Grupo de Química Analítica Aplicada (AChem) de la Universidad de La Laguna