después del paréntesis

Los otros

Uno de los regalos del destino es existir en un lugar apartado del mundo conocido, adentrados en el África Norte, frente a un desierto espectacular y enorme. También que ese sea el linde pero que no se toque. Somos otros, a pesar de la distancia somos como los madrileños, los franceses o los italianos. Y ese es un regalo de la providencia que no sabremos nunca cómo agradecer. Se suma, además, a esta historia lo que nos construyó por la altura desde el mar de las islas centrales del Archipiélago: los alisios. Así que desde tiempo de los griegos nos definen: las Islas de la Fortuna, la maravilla que conjuga la generosa naturaleza con el sueño del paraíso, el recinto para el descanso de los héroes, el lugar armonioso. Y se suma al registro, desde el comienzo europeo de la crónica, lo que condiciona a los que viven aquí, que son quienes asignan y consignan: el monocultivo, la monoindustria. Nos ocurrió con la cochinilla, con el vino (grande Londres) y ahora con el turismo. No es extraño que el gobierno de expansión, el gobierno de conquista, el gobierno del norte más norte, de ese modo proceda, como ocurrió en América, que solo les interese la rápida productividad y la riqueza que con ello consiguen; lo que es insólito es que Canarias, desde que recuperó su destino, no haya dado con la cordura, ganarse el sustento por otros medios, en sintonía con el progreso; medios que irían de encumbrarse en el límite del continente de al lado para ser el puente o asumir la competencia de las comunicaciones o del mercado digital (pongo por caso).


No se ha hecho, solo una industria, la turística.


Y así nos va. Un desastre sin nombre por eso que se llama pandemia o por cualquier factor que altere el libre movimiento entre las fronteras. Se dirá que no hay mal que cien años dure y que nos protege la atracción que desplegamos. Pero, si persistimos en tal, deberíamos ajustar. ¿Qué son los que nos visitan?, ¿son extraños los turistas cuando entran por el aeropuerto y son extraños cuando se van? Esa perspectiva ha de variar, hemos de comprometerlos con el intercambio. Esto es, hemos de reacondicionar el producto para la idea. Y no es que el mundo no se haya movido por semejante factor. Por ejemplo, Nueva Zelanda. Cuentan con millones de turistas al año. Imponen la condición: lo que los viajeros les devuelven, ser los garantes de la conservación de su naturaleza.


¿Nosotros también o dejaremos que se lleven las piedras del Teide o la curiosa arena negra de las playas?

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