tribuna

Desde el fondo

Hay días en que poner la primera palabra es difícil. No sé cómo atacar el tema, ni siquiera estoy convencido de que sea procedente hacerlo. Un barco dotado de un radar especial y un batiscafo ha logrado sacar el cadáver de una niña del fondo del mar. Algunas noticias van en la dirección de ensalzar a las modernas tecnologías que son capaces de desentrañar los crímenes más abyectos y complicados. Otras hacen hincapié sobre la necesidad de reformar la legislación concerniente al género y a la llamada violencia vicaria. Todos se duelen por los hechos, pero lo hacen de forma diferente. Como ejemplo están las palabras airadas de la ministra de Igualdad y la condolencia emocionada de la reina Leticia. Nada que ver. El feminismo convoca manifestaciones, pero los hombres, que, como Teruel, también existen, deberían mostrar una repulsa colectiva para expresar su indignación ante la conducta de algunos de sus congéneres. Un fuerte sentimiento de paternidad y otro de solidaridad con las mujeres víctimas de un comportamiento irracional es suficiente para salir a gritar, desde la masculinidad, que el machismo no tiene cabida en el mundo en que vivimos, que es una lacra de la que hay que avergonzarse y que debe ser erradicado como una exigencia prioritaria de toda la sociedad, sin excluir a nadie. Después vendrán los reconocimientos a la Guardia Civil, las exigencias de legislar en caliente, la aportación de nuevas consignas y clasificaciones para hacer la exégesis descriptiva de la aberración. Aún estamos en el momento del duelo, las redes andan llenas de velas y de flores, los ojos continúan húmedos de llanto y las palabras se mueven entre el consuelo y la rabia. No merece la pena nombrar al asesino. Bastante desgracia tenía con ser como era. Es la demostración de que la presunción todopoderosa y la cobardía se tocan en los límites de la peor condición humana imaginable. Vivimos en una sociedad que fabrica héroes de la nada, que confunde la notoriedad con el éxito, que pretende demostrarse a sí misma hasta dónde es capaz de llegar en sus miserias disfrazadas por la prepotencia de la mediocridad. Las tecnologías vulgares son herramientas para fomentar el narcisismo, para conseguir el récord de la insensatez, para hacer exhibición permanente del atrevimiento sin justificación. Estas cosas, llevadas al término, sacan a relucir cómo la estupidez alimenta las ansias de los mezquinos hasta poner en riesgo sus vidas y las de los demás. Hemos construido un espacio de falsos campeones, de triunfadores que no han aprendido a asimilar la derrota, de gente pagada de sí misma que ignora que en el trato a los otros está el reflejo de lo que realmente somos. Ya sabía yo que me iba a costar escribir esto, y callar aquello que por prudencia debo callar. Lo peor es que no se trata de un caso aislado. A pesar de ello, sus circunstancias terribles nos han hecho estremecer como si todo el entramado social se nos viniera al suelo. Es el ejemplo exagerado de una lacra que acompaña a una degradación en el respeto a los que tenemos más próximos, a la confusión tan frecuente entre el deseo de posesión y la auténtica valoración de lo que nos es más cercano. Parece como si el sadismo hubiera invadido al territorio de las relaciones personales y estas no pudieran entenderse sin la existencia de una depredación indiscriminada. El rechazo unánime indica que es una excepcionalidad, que la inmensa mayoría se indigna sin necesidad de que abandere una reivindicación concreta. Hace un rato dudaba sobre la oportunidad de escribir sobre esto. Ahora creo que es absolutamente necesario si no queremos convertir al silencio en cómplice de lo perverso.

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