Tribuna

En defensa propia: ‘El delator’

Hay unos ejercicios de moralina que quieren pasar por crítica literaria y se han empeñado en hacer una lectura sesgada de El delator en la que no se establece diferencia alguna entre lo que es el autor de esa crónica novelada, lo que es el narrador y lo que es uno de los personajes protagonistas, […]

Hay unos ejercicios de moralina que quieren pasar por crítica literaria y se han empeñado en hacer una lectura sesgada de El delator en la que no se establece diferencia alguna entre lo que es el autor de esa crónica novelada, lo que es el narrador y lo que es uno de los personajes protagonistas, y lo que cada uno de ellos opina y defiende, o los enfrentamientos que entre ellos se dan, como el contenido en la página 85 de la novela, al comienzo del capítulo XV, donde se dice: “¿Quién delató al delator? Esa sería la investigación que perseguiríamos por nuestra parte, porque no puede uno obviar que las cosas hayan ocurrido como mantiene J.A., que se ha quedado solo en sus terribles especulaciones”.
Pero las palabras oídas en su infancia por J.A. le siguen doliendo ochenta y tres años después y al menos merecen ser contrastadas y, en su caso, rebatidas, como se hace sin concesiones en esa página citada de El delator. No hay una memoria histórica, hay muchas memorias históricas de la guerra civil en Canarias, y yerran los historiadores ortodoxos, simplemente académicos, como Sergio Millares Cantero, cuando juzga a El delator, creyendo que la historia solo se construye desde lo documental y que la tradición oral de los acontecimientos no existe. También ignora Millares Cantero, en su simplona interpretación de El delator, que la literatura siempre se ha nutrido de las grietas de la historiografía.
De El delator se han querido hacer lecturas unilaterales e infalibles en un ejercicio de persecución y desprestigio de la obra y de vil acusación a su autor de haber ido en contra de un miembro concreto de la revista Gaceta de Arte.
En El delator, como en cualquier narrativa que se quiera algo original, se ha intentado hacer algo que no se hubiera intentado ya. Y para ese objetivo la crónica es hoy un recurso aún por explotar. La crónica, como ha dejado dicho Juan José Millás, “tiene un pie en la realidad y otro en la literatura, vale decir un pie en el sueño y otro en la vigilia, su lectura es como atravesar el puente que une el delirio con la vida”.
Salvando las naturales distancias, ha ocurrido con esos ejercicios de moralina practicados por Cecilia Domínguez Luis, Daniel Duque y Miguel Martinón, no así en otros trabajos como los firmados por Santana Sanjurjo, Rodríguez Court, Eduardo García Rojas, Felipe García Landín, Domingo-Luis Hernández, Antonio Puente o el director del periódico Canarias/7, Francisco Suárez Álamo, lo que le escribe Paul Auster a su colega John M. Coetze un 29 de julio de 2010, “Parece que los norteamericanos han perdido contacto con la esencia de la ficción -es decir, han perdido la capacidad de comprender la imaginación-, y por tanto encuentran difícil que un novelista pueda inventar cosas… No es preciso extenderse sobre la pobreza de este punto de vista”.