por qué no me callo

La mampara de Occidente

Llegar a este mojón de junio significa poner un pie en el estribo del semestre, que equivale al ecuador del año vacunal. Y no es poca cosa haber agotado, con la munición de antígenos y la desescalada de fronteras y estados de alarma, tanto tramo proporcional de 2021, un año para consumir con mayor sosiego, después del cruento paréntesis de la pesadilla de 2020, que nos trocó todos los planes. Así que el tiempo va a velocidad de crucero, o como un tiro, que es el mantra de la ministra de Sanidad, y uno tiende a hacer planes de futuro para este año en vano, porque la mitad del futuro ya prácticamente se evaporó. Aunque el futuro de este año sea, por tanto, ya solo presente, habiendo dejado atrás casi medio cuerpo sin que nos hayamos enterado, cabe hacer algunas proposiciones decentes antes de que se extinga en breve.


Es, a todas luces, cierto, que la pandemia remite. Pero, ojo, la desigualdad aumenta. Mientras los países más desarrollados avanzan en la llamada inmunidad de rebaño, los más pobres -incluso potencias como India, cuya superpoblación comprende vastas zonas habitadas a donde no ha llegado una gota de antídoto- amenazan con generar variantes y cepas del virus a cual más contagiosa y temible. De lo que se desprende, como vienen alertando los organismos internacionales (ayer la OMC se lamentaba del desacuerdo), que nadie está a salvo de una vuelta atrás. El virus -fugitivo de un laboratorio o no- surgió en Wuhan, que no está al lado de casa, y, de igual modo, otro coronavirus rampante que resista a las vacunas actuales puede desatar su particular tsunami y dar al traste con los planes de recuperación de Europa que ahora invocamos prometiéndonos un final feliz. Vivimos anclados en un autoengaño tras otro. Es la mampara de Occidente.


Por muy frágil que tengamos la memoria -y no cabe negar que ese tic del olvido superviviente aflora ahora mismo entre los exultantes resilientes españoles de la COVID-, nadie ha podido olvidar con qué facilidad salíamos de un confinamiento para meternos en otro. De la noche a la mañana los detectores de la propagación del virus alertaban que se aproximaba y los gobiernos adoptaban las medidas de excepción. Nosotros le veíamos las orejas al lobo en la mediterránea Italia. Lo que allí colapsaba la vida y encerraba a la gente en sus casas venía después a por nosotros. Esa ha sido la mecánica de esta crisis sanitaria. No cabe pensar, sino con la amnesia del ignaro, que estamos a buen recaudo presumiendo de pinchazo en el brazo, mientras una considerable región del planeta, con centenares de millones de habitantes en peligro, permanece indefensa, ante el retraso de las vacunas y la falta de consenso global para enmendar cuanto antes ese fatídico Talón de Aquiles.


En Europa se han sacudido de un plumazo la propuesta hispanoitalofrancesa de suspender las patentes para vacunar en todas partes sin pérdida de tiempo al mayor número de personas. Han prevalecido los intereses a corto plazo de la industria farmacéutica. La UE compró a Pfizer más de mil millones de dosis, cuyo valor es el mayor secreto a voces; con ese lenguaje están hablando. Estados Unidos apoya la liberalización de las vacunas (por un periodo temporal). Cualquier país con dos dedos de frente sabe qué precio pagaremos cediendo a la facturación de las multinacionales farmacéuticas, que tiempo tendrán de llenarse los bolsillos. Tampoco hemos visto una campaña internacional de donación de dosis para esos estados parias, donde el desamparo provoca las cepas más virulentas que mañana viajarán a casa en los mismos aviones que los turistas.


Podremos quitarnos la mascarilla al aire libre, como anuncia Castilla-La Mancha para julio, y fingir que estamos a salvo. Pero la estupidez y la temeridad no conocen vacuna todavía y campan por sus respetos.

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