tribuna

El informe PISA

Me conecté a filmin y vi El Gatopardo de Visconti por enésima vez. Esta película es eterna. Me emociona tanta belleza descriptiva y tanto talento en la forma de exponer el argumento de Lampedusa. Es la Italia de la revolución de Garibaldi y del dejemos que las cosas cambien para que todo siga igual. Podría estar horas hablando sobre los descubrimientos de expresión cinematográfica que hago cada vez que la veo, pero experimentar esta sorpresa me hace dudar de si realmente pertenezco a una época donde se lleva otra estética y se defiende otro pensamiento, y, por tanto, estoy alejado de la onda actual. ¿No estaré un poco desfasado siguiendo con el Gatopardo y con Lampedusa a cuestas? Debería dejar de leer los libros que leo, de escuchar la música que escucho habitualmente, de apreciar la pintura que aprecio y hasta de ver el cine que veo, si quiero adaptarme a los tiempos nuevos para así ponerme al día intentando comprender a una sociedad que no comprendo. Acabo de enterarme de que el autor del informe PISA dice que la educación española prepara a los alumnos para un mundo que ya no existe y esto me inquieta. ¿No me ocurrirá a mí lo mismo y ando recorriendo fantasías perdidas en las que ya Visconti y Lampedusa han dejado de ser verdad? Me temo que sí. Debo pertenecer a una de esas tendencias ancladas en el pasado, ser uno de esos carcas que son incapaces de quitarse de encima la mala educación que recibieron. Ya no estoy seguro de si mi forma de escribir responde a las exigencias de los tiempos que corren. No sé, leo tanto a Cervantes como a Foster Wallace, y con los dos me siento cómodo. No creo que sea una cuestión de tiempo ni de estilos, pero si el autor del informe PISA dice que hay un mundo que ya no existe debe ser verdad y debo amoldarme a las nuevas corrientes para orientarme en el sentido adecuado. Hace poco estuve con Juanito Cruz, con Checho Bacallado y con mi hermano José Luis visitando a un grafitero que tiene su taller en Punta del Hidalgo. Ignoraba que estos artistas necesitaban un estudio para fabricar su arte, creía que pintaban en la calle sobre soportes urbanos en donde implantaban sus gritos de protesta. Me equivoqué: ahora comercializan su producción y la exponen en las mismas galerías en que lo hacen los otros pintores. Yo también protestaba con mi guitarra cuando tenía veinte años y ese era mi aprendizaje para la vida. Después hice y pensé otras cosas, tenía otra forma de mostrar mi disconformidad. Por eso pienso que los cambios no son tan generacionales, sino que marcan las diferencias entre las distintas etapas de la vida, y que ésta transcurre, para todos, de una manera muy parecida. Esto me hace pensar que Lampedusa sigue teniendo razón y que las cosas cambian para que todo siga igual, que ese sedimento lento es el que provoca una evolución en donde algunos se muestran impacientes por comprobar unos efectos inmediatos que no se van a producir. El redactor del informe PISA tiene razón. Ayer escuchaba a los niños del vecino cantar la tabla de multiplicar y pensé que ese era un método obsoleto en el imperio de las calculadoras electrónicas, tan mecánico como apretar un botón que nadie sabe cómo va a operar en el interior de la maquinita. Mejor sería explicarles en qué consiste esa aplicación llamada suma o producto. Pensé que sus educadores no disponían de otra herramienta, mientras los alumnos utilizaban sus ratos libres para ejercitarse en la PlayStation. Estas cosas ocurren. Hay una lucha entre los avanzados defensores de la modernidad y los reivindicadores de lo obsoleto, que mantienen en pie a las reliquias de Machinet de la Caña y su sonsonete para aprender a multiplicar. Pasa con todo, porque no hemos encontrado el espacio anacrónico donde puedan convivir los rascacielos con las casas terreras. Ahora hay quien defiende la existencia de éstas y deja a lo que se desarrolla en las alturas fuera de ordenación. En estas me encuentro reflexionando sobre lo oportuno que es emocionarse volviendo a ver El Gatopardo. Espero que al presidente Biden le pase lo mismo, porque tiene mi edad. Por eso pienso que soy capaz de entenderlo mejor a él que a su acompañante extemporáneo. Tal vez porque los dos estemos equivocados y pertenezcamos a un mundo que ya no existe, como dicen en el informe PISA.

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