Tribuna

Historias de la radio

Durante la Segunda República la radio experimentó un importante crecimiento: en España pasamos de 83.000 receptores, en 1934, a 303.000, en 1936. Es decir, este medio triplicó sus posibilidades, aunque no representaran sino el 1,25% de la población. En casa, siendo yo pequeño, había un aparato modesto. Cuando íbamos al campo no teníamos luz eléctrica […]

Durante la Segunda República la radio experimentó un importante crecimiento: en España pasamos de 83.000 receptores, en 1934, a 303.000, en 1936. Es decir, este medio triplicó sus posibilidades, aunque no representaran sino el 1,25% de la población. En casa, siendo yo pequeño, había un aparato modesto. Cuando íbamos al campo no teníamos luz eléctrica y no se podía conectar. Recuerdo a muchas personas sirviéndose de las llamadas radios de galena, donde, por medio de unos auriculares y una aguja trasladándose por una especie de piedra con propiedades magnéticas, podías percibir una voz lejana que lograba hacerse entendible en medio de un ruido parecido al crujir de las papas fritas en una bolsa, en el que se adivinaba a un locutor al que le habían hecho la traqueotomía. Este método sirvió después para mantener la esperanza de los perdedores a través de la estación pirenaica. A finales de los cuarenta, se concentraron en casa varias personas para oír la retrasmisión de un partido de fútbol, todos arremolinados como si estuviéramos ante algo sagrado. Había que adivinar lo que Zarra estaba haciendo en el terreno de juego y la imaginación corría libre para trasladar el frenesí de la jugada hasta los oídos de los radioescuchas, que es como se llamaba a la gente privilegiada que disponía de tiempo para hacerlo. Diez años más tarde podíamos ver una nebulosa, parecida al porno codificado del canal Plus, que venía acompañada de chirimías y panderos del cercano Marruecos. Era la televisión. Hoy es 18 de julio y algunos medios se disponen a mantener en pie esa fecha clave para la historia de nuestro país. Celebramos el recordatorio de una clausura cuyas cuentas se saldaron hace 43 años, pero que seguimos manteniendo en pie, con la esperanza de repetirla. Pilar Mera escribe en El País de hoy que en aquel 18 de julio de 1936 España se despertó con una noticia dada por la radio, a las 8.30, en la que se decía que unas tropas se habían levantado en el norte de África. Tuve un profesor de Historia del Arte que se llamaba Antonio Sierra, un arquitecto que curiosamente había hecho algunos proyectos de palacios y mezquitas en el reino Alahuita, y que siempre explicaba que para entender los hechos artísticos de una época había que trasladarse al tiempo en que ocurrieron, contemplar sus circunstancias y así poder reconstruir el entorno en donde se hicieron verdad. Por eso esta mañana me he ido a mi recuerdo infantil de la radio para imaginar aquel 18 de julio que hoy se rememora. No sé qué edad tiene Pilar Mera ni de qué impresiones dispone para afirmar que ese día España se despertó oyendo la radio. A un lector del tiempo actual le podría parecer que una noticia dada por Carlos Herrera o por Pepa Bueno fuera capaz de poner en pie a todo un país con algo tan importante que trajo luego consecuencias tan penosas. Pero eso no es imaginable, como tantas cosas que se deforman con el transcurso del tiempo y se miran erróneamente desde el prisma de la actualidad. Las excursiones al pasado hay que hacerlas dejando al presente en la habitación de al lado, como el Martini en los cócteles que se preparaba Ernest Hemingway. Mirar hacia atrás tiene el riesgo de hacerlo con ira, como decía John Osborne, o, en el peor de los casos, convertirte en estatua de sal, como les pasó a los testigos de la desaparición de Sodoma y Gomorra, dos ciudades malditas para olvidar. El retorno al pasado, igual que el viaje al futuro, son desplazamientos que entrañan un gran riesgo. En un caso vas con los resabios de lo que ya viviste y en el otro no sabes nunca con lo que te vas a encontrar. Por eso es engañoso hacer el remake, porque te puedes imaginar que las ondas te acercan unos hechos sesgados narrados por Federico Jiménez Losantos, o bien edulcorados por la lectura de unas doctas páginas escritas por Paul Preston. Yo pertenezco a otra generación, esa que escuchaba la radio con dificultad cuando era un niño y esperaba ansioso la lluvia de caramelos Yumbo que le enviaba el tío Pepote desde EAJ43, de la calle Álvarez de Lugo. Según mis amigos tengo una memoria excelente. Yo creo que es porque la descargo y la repongo, le hago revisiones y le cambio el aceite de vez en cuando. Hace 43 años que la renové y la dejé aparcada junto a una generación multitudinaria que decidió restaurar los asuntos del pasado para adecuarlos a un presente prometedor. Comprendo que los que no tuvieron oportunidad de hacerlo reivindiquen ahora el disponer de una nueva ocasión para reconstruir los hechos que no vivieron. Es como si volviéramos al punto de partida, a la casilla número uno de la Oca, para iniciar un camino que ya tenemos de sobra recorrido. Esta vez también nos lo cuentan por la radio. La pregunta es ¿para qué?