Después del paréntesis

Prolegómenos

Se movía con una convicción en la cabeza, qué descubrir es lo sustancial. Y para eso se necesita tiempo, el tiempo que no es tiempo, el tiempo que solo da cobija a sí mismo, por ejemplo, el tiempo del verano o el de las vacaciones. Miró Asia. Demasiado compleja. Volvió la vista a la Alaska […]

Se movía con una convicción en la cabeza, qué descubrir es lo sustancial. Y para eso se necesita tiempo, el tiempo que no es tiempo, el tiempo que solo da cobija a sí mismo, por ejemplo, el tiempo del verano o el de las vacaciones. Miró Asia. Demasiado compleja. Volvió la vista a la Alaska que alguna vez visitó. Demasiado blanco para la estación en la que nos encontramos. Divisó América del Sur. Imposible; en Argentina es invierno. Luego el asunto era atenuar el tesón de lo disímil para hacerlo razonable. De modo que situó África ante el entendimiento. Demasiadas fieras. Y Australia. Muchos ingleses desprevenidos. Con esas instancias en su ánimo montó en el barco. Dejó el coche cargado de enseres en el lugar en el que se le permitió dejar el coche cargado de enseres. Se echó la mochila al hombro con los bocadillos correspondientes y subió a bordo. Su mujer lo acompañaba con una sonrisa de unos días algo displicente. Y asimismo sus dos hijos de sumaron. Un paréntesis, manifestaron, porque amaban la capacidad de aventura de su padre. Ya lo habían disfrutado en Londres, en París, en Copenhague, en Estocolmo u Oslo. Esta historia no habría de ser diferente. Concurre en cada hombre un efecto concluyente y ejemplar, repitieron: disfrutar de lo extraordinario, dar cuenta de la vivencia de lo excepcional. Para el caso no se trataba de la civilización; naturaleza, naturaleza, lugar originario y primitivo donde los mortales vuelven a encontrarse con los mortales. Y eso estaba bien; lugar de estima a imponer. La aventura es la aventura, dijeron. El mundo es siempre inaugural cuando los ojos miran por primera vez. Y distinguieron el tramar del viento uniforme en la viveza de la playa y nombraron poblados anónimos perdidos en las fortalezas de las piedras y se apostaron en el erial inefable que construyó marrones oscos. Kilómetros y kilómetros de arena rubia de cara al mar para que los pies se dilaten y para que los cuerpos desnudos se complazcan con el agua. Lo que hace a los seres humanos cavilar en el mundo es constatar el infinito. Y el infinito proclama la maravilla. Lo espléndido es lo espléndido. Y lo espléndido no solo se busca sino que se encuentra donde se puede encontrar. “Este es el caso”, dijo a los suyos con los brazos extendidos, el torso desnudo, al atardecer de cara al océano. Tal se sustenta. El lugar más apartado del universo donde todo se revela, donde el transcurso suspende el transcurso y la gravedad no resulta gravedad.
Fuerteventura se llama.