tribuna

Rumores de un retorno anunciado

Se cumple un año desde que se marchara el emérito con sus amigos sauditas. Lo de saudita, permítanme el chiste, se aplica al mundo árabe más auténtico, que casualmente coincide con el más rico, para distinguirlo del que no lo es. Mi inolvidable amigo Miguel Lemus, uno de los últimos genios que anduvieron sueltos por este planeta, decía de una conocida familia de La Laguna, apellidada Alemán, que no eran de la Alemania federal ni de la democrática, sino que pertenecían a la Alemania saudita.

Con estos sauditas auténticos se fue Juan Carlos y no ha vuelto. Esto me hace pensar en que, para ciertas cosas, las monarquías allanan caminos que otros aspectos de la diplomacia no saben resolver. Por ejemplo, ¿alguien podría sospechar que el reciente conflicto con Marruecos se habría producido de haber estado por medio esa relación casi familiar que une a las coronas de los dos países? Yo creo que no. La respuesta se encuentra en el hecho de que nuestro rey se sentía con más confianza y seguridad entre los sauditas que en cualquier otra parte del mundo. Quiero decir que ni el fundamentalismo religioso ni el tan recurrido recurso del anticapitalismo, usado hasta la saciedad por una parte del Gobierno, son capaces de desvirtuar esa condición humana que nos une bajo el nombre de amistad.

El alcaide de Lorca, Alonso Fajardo el Bravo, jugaba al ajedrez con el rey de Granada y en ocasiones echó mano de él cuando Enrique IV de Castilla le dio la espalda en lo referente al adelantamiento del reino de Murcia. Se cumple un año desde la marcha de Juan Carlos de Borbón y el gallinero sigue igual de revuelto. No conviene mojarse demasiado en una cuestión que es objeto de discrepancia dentro de la coalición. Al menos lo que declaran las partes es eso. Moncloa ha decidido hacer coincidir la efemérides con la visita acostumbrada de Sánchez a Marivent. ¿Forma parte de la nueva normalidad? No lo sé. Ignoro por dónde transcurrirá el camino que se diseña para salir del atolladero en el que estamos inmersos desde hace más de un año. Quizá ese plan no existe.

No sé si son ciertas las declaraciones de adhesión o forman parte de la hipocresía necesaria para no soliviantar al electorado, no vaya a ser que se reproduzca un nuevo dos de mayo y el pueblo salga a la calle para volver a gritar: “¡Qué nos los llevan!”. Se rumorea que la televisión está preparando una especie de docuserie para exhibir el llanto de las doñas juancarlistas, pero esto entraña el peligro de que por la otra parte aparezca la figura compensatoria para equilibrar las opiniones. El rey volverá a la tele mientras en la calle un coro de raperos y republiquetas intentarán acallar el lamento del marujeo.

Lo resolveremos a la española, como siempre, para qué cambiar. Los heroicos chisperitos se la jugarán en Madrid sin un Goya que los inmortalice, Manuela Malasaña, que era bordadora en Maravillas, volverá a cambiar los hilos de seda por la pólvora, algunos ministros se perderán en las plazas de Chueca, y España se reencontrará con sus verdaderas raíces. No llegará la sangre al río, porque todo se escenificará en el mundo de ficción de Jorge Javier Vázquez. El rey, que es muy alto, será interpretado por un drag queen, y así la familia real se verá equiparada al resto de las dinastías que reinan en el universo de la falsa realidad: los Pantoja, los Jurado, y ahora las Campos, que se han ganado un puesto haciendo el comentario de la vida de los otros. Así resolvemos el futuro de nuestros personajes en este país.

Me recuerda, volviendo al terreno de la seriedad, unos versos de mi amigo Carlos Oroza que dicen: “Los hijos de Juan Ramón Cireda, Sociedad Anónima, mataron al padre a puñetazos y lo vistieron de payaso. Las hienas lo hubieran devorado, pero la ley tiene un servil descaro y lo metió en el tren de la ternura. Lo unieron al paso de los otros”. Mi querido Arturo Maccanti aprovechó lo del tren de la ternura para ponerle título a una colección de poemas. No está mal. Me gusta el símil. Ojalá pudiéramos todos subirnos a él, pero me temo que, como decía Gómez de la Serna, hemos perdido el andén.

TE RECOMENDAMOS