Por qué no me callo

Inmunidad del estado de ánimo del rebaño

Esta es la salida del túnel y ahora veremos la luz, nos prometemos felices celebrando la evolución favorable de la pandemia en nuestras Islas y, en particular, en Tenerife. Hacía muchos meses, tantos que hemos perdido la cuenta, que no rozábamos el suelo de los contagios. Los 28 nuevos casos del domingo fueron una buena […]

Esta es la salida del túnel y ahora veremos la luz, nos prometemos felices celebrando la evolución favorable de la pandemia en nuestras Islas y, en particular, en Tenerife. Hacía muchos meses, tantos que hemos perdido la cuenta, que no rozábamos el suelo de los contagios. Los 28 nuevos casos del domingo fueron una buena señal y el 79,65% de inmunidad de la población mayor de 12 años -es decir, la sensación inminente de tocar con las manos el listón psicológico del 80%- abundan en esa premonición de que el final de la travesía está próximo.


¿Qué ocurre? Que no nos queremos hacer ilusiones más de la cuenta, que estamos escaldados de otras situaciones parecidas. Diríase que nos disponemos a despedirnos de la quinta ola de coronavirus. Pero, ¿qué pasó con las cuatro anteriores? En cada una de ellas nos hicimos las mismas promesas, nos conjuramos para salir airosos. Y venía de pronto una cepa corrosiva que nos bajaba los humos y se repetía el proceso. Han sido cinco convalecencias, el enfermo ya no se cree, o se resiste a creer que se vaya a poner bien definitivamente.

Le ocurrió, como una condena al turismo, que se levantaba y se caía y a veces se caía antes de que le diera tiempo de levantarse de la cama. Era como una fatalidad atascada en un sector. El reefractario virus resiste.


Nuestra mayor experiencia de éxito fue, sin duda, la reapertura de las aulas. En tiempos todavía prevacunales parecía una locura, un riesgo desmedido, y salió bien. Los niños evitaron lo que se denominó una catástrofe generacional y dieron el do de pecho que necesitábamos para creer en la recuperación. Ahora vuelven a clase con la lección aprendida. Seguirán llevando mascarilla, mantendrán la distancia de seguridad y guardarán los hábitos de aseo para protegerse. Buena parte de ellos están vacunados, y la práctica totalidad del profesorado también. Son la avanzadilla de esa salida del túnel. Como aquellos 22 ángeles que arribaron a Canarias en 1803 con la vacuna de la viruela. En este punto habrá que desagraviar a la infancia y la adolescencia llamada a vacunarse, en mitad del estigma del botellón. En nuestro caso, acudieron masivamente y han contribuido a esta amplia protección general.


Entonces, por qué no abrirnos al entusiasmo como los daneses y confiar en que estamos a las puertas del final de la epidemia que lastró el umbral de los años 20 de este siglo. Por la experiencia de estos dos años, que ha generado en nosotros, inevitablemente, la suspicacia y la sospecha de que en cualquier momento podemos sufrir el flagelo de otra variante esquiva. Y el presagio nos atormenta. Acaso podamos, debamos inaugurar periodos cortos de consuelo, fases de transmisión comunitaria de algo parecido a la felicidad de grupo. Una inmunidad del estado de ánimo del rebaño. Y que siga discurriendo la vida, entre curvas y rectas.