Erupción en La Palma

Vecinas de Las Manchas: “Vinieron a evacuarme y yo me quedé parada; no me lo creía”

Zenoa, Atanasia y Berta, tres vecinas de Las Manchas que fueron desalojadas de sus casas debido a la erupción del volcán de Cumbre Vieja, relatan su horror, intriga y sensaciones

Zenoa, Atanasia y Berta, ayer, esperando, en la recepción a los Reyes del acuartelamiento militar de El Fuerte, en Breña Baja. | Fran Pallero

Acuartelamiento militar de El Fuerte, Breña Baja. El equipo de la Casa Real habilita un espacio para los medios de comunicación, otro para los representantes públicos y efectivos de los cuerpos de seguridad y emergencias que recibirán a Felipe VI y Letizia, y sitúa a las personas con movilidad reducida que han sido evacuadas por la erupción del volcán de Cumbre Vieja en los laterales de un pasillo que da acceso a la nave A del complejo. Al pie de la escalera del edificio, Zenoa, Atanasia y Berta esbozan una ligera sonrisa. Han sido días duros, pero el hecho de que los monarcas visiten el lugar en el que provisionalmente se encuentran les da aliento; les hace sentir arropadas.


Zenoa, que va en silla de ruedas, se había olvidado la mascarilla. Su cabeza está en otra cosa. Son muchas sensaciones en muy poco tiempo. Nada más decir su nombre, explica: “El que ponía el almanaque es el que te tocaba antes”. “Soy de Garafía, pero llevo 50 años viviendo en Las Manchas”, cuenta sobre su lugar de residencia, en Los Llanos de Aridane, al tiempo que relata el motivo por el que está postrada en una silla: “Hace siete años me pegó un tiro un cazador mientras yo estaba recogiendo uvas y me costó la pierna”.

Tiempo atrás, su marido cayó enfermo y murió, pero afirma no haberse sentido sola en ningún momento durante la emergencia. Su hijo, cuando comenzaron las evacuaciones preventivas el domingo en algunas áreas que eran consideradas de riesgo, quiso dejarlo todo preparado y cogió bolsas de medicinas, enseres básicos y ropa. Todavía no se había producido el estampido, pero estaba cerca.


A sus 84 años, indica que su primogénito, al ver un vehículo de Servicios Sociales, le hizo señas para que se detuviera y, al contar cuál era su situación, se desplazó hasta allí una ambulancia que acabó trasladando a Zenoa al cuartel breñusco. “¡Ay mi madre! He tenido mal la tensión y el azúcar. Uno se pone mal”, asegura con respecto a lo que está sucediendo en torno al suceso, con viviendas engullidas totalmente por el avance de las rocas calientes. No obstante, si bien no puede obviar el sobresalto de salir apresuradamente del hogar sin la certeza de volver, dice querer enfocarse en la ayuda que le han prestado, como el trato que recibe en el campamento o el gesto de su vecina italiana, que “le va a echar de comer a los gatos”. Además, esto le ha hecho reflexionar incluso acerca del futuro: “Dicen que pusieron un centro de mayores nuevo en Garafía. Yo estoy bien donde vivo, pero me gustaría ir para allá porque ¡la tierra llama!”.


Anastasia (87), vecina del mismo barrio aridanense, sorprende a quien les escribe: “Te gustan el arte y las matemáticas. Te vi y lo supe. Yo sabía tres meses antes que el volcán iba a estallar”. A pesar de la rotundidad con la que habla, aclara que “no soy bruja”, aunque “hay cosas que sé porque sí”. Cuenta que su abuelo, carpintero de profesión, fue uno de tantos palmeros que prestaron sus manos y sus equipos para que el suministro de agua llegara a Las Manchas. Días antes de que tuviera lugar la explosión en la zona de Cabeza de Vaca (El Paso), personal del Ayuntamiento acudió a su domicilio para informarle de que existía la posibilidad de que la desalojaran si los seísmos aumentaban de intensidad o si el volcán entraba en erupción.

“Decían que para más adelante”. Sin embargo, todo se precipitó; solo los tiempos de respuesta que se manejaron han permitido que, a estas alturas, no se hayan registrado pérdidas humanas.


Medio siglo atrás, Berta (69), natural del barrio de Argual, decidió mudarse con su marido a Las Manchas, sin salir del término municipal de Los Llanos. Comenta que los terremotos, antes de que se abriera la primera boca del Cumbre Vieja, aumentaban de magnitud y disminuían la profundidad con el paso de los días, lo que, a su juicio, ya hacía prever que las cosas no iban por buen camino. Una sospecha que se confirmó el domingo tras la explosión: “La Guardia Civil, la Policía Local y los de la ambulancia vinieron a buscarme. Yo me quedé parada, no me lo creía”. Al parecer, el técnico del vehículo sanitario le dijo: “¿Usted no ve que ha explotado?”, a lo que ella contestó que no se había percatado. “¡Pensó que no me quería ir!”, señala. Aunque lo cierto es que asumió con resignación la incertidumbre venidera.


Su marido falleció en 2016 y, desde entonces, dice, “estoy sola”. En el instante en que enfiló la puerta de su casa, confiesa que pensó: “Es que no me entra en la cabeza que esto esté pasando”. Una sensación que, a medida que discurre la erupción, con fuertes explosiones y un avance imparable de las coladas de lava, se asienta, considerando la cantidad de terreno -más de 166 hectáreas- que se ha visto engullido, desapareciendo del mapa. Recuerda los chorros de magma del volcán Teneguía en 1971, pero evita comparaciones: “Este no tiene nada que ver; aquel no hizo casi daños”. Y es que el Cumbre Vieja ya ha arrasado, según datos oficiales, alrededor de 200 viviendas, a las que se suman otras tantas áreas de cultivo.

DESALOJOS


En Fuencaliente hay una calle dedicada al fundador de la cadena Princess Hotels, José Cabrera Blanch, recientemente fallecido, que fue bautizada en honor al empresario a propuesta del grupo de Gobierno local. El hotel que dicho grupo tiene enclavado en el municipio más al sur de la Isla Bonita representa mucho más que un recurso alojativo. Para los residentes de la localidad, desde su apertura en el año 2004, ha supuesto un soporte constante a la hora de organizar eventos, atender emergencias y generar empleo en una zona -la carretera general de La Costa-, que, de no ser por la apuesta del pionero catalán, posiblemente no contaría con el atractivo que hoy posee.


Y es precisamente el hotel Princess el lugar en que se ha reubicado a 80 vecinos que fueron evacuados de distintos barrios de Los Llanos y El Paso. Una medida con carácter provisional y urgente que, igualmente, según declaró ayer a 7.7 radio La Palma el director de la instalación turística, Javier Bellido, podría alargarse si es preciso. “Hacemos los esfuerzos que hagan falta por si hay que acoger más”, señaló.