tribuna

El volcán y los perros

Parece un título de Vargas Llosa, pero solo es un thriller que han fabricado los vendedores de relatos de la televisión, una historia destinada a estremecer los corazones de los tenedores de mascotas, porque me imagino que el volcán palmero habrá arrasado con cientos de miles de pequeños animales y a otros ha dejado sin su hábitat natural, pero estos no son noticia al no considerarse depositarios concretos del cariño de ningún humano. Han desaparecido los alevines de las costas invadidas por la lava, cuya llegada al mar también ha consistido en una alarma diaria, pero nadie se ha preocupado por ellos. Al fin son potenciales productos de consumo, guisados, fritos o a la plancha, con mojo y papas arrugadas. Tres perros en un estanque, como los tres banderilleros en el redondel, han sido los protagonistas dramáticos de varios días de noticias ansiosas.

Daba la impresión de que venían a atemperar el drama del que todo lo había perdido, añadiendo la compasión animalista a la carga emocional de los que contemplaban estoicamente cómo eran manoseados sus sentimientos, eran azotados por la pérdida de sus ilusiones y la quiebra de su futuro. Todo esto estaba bien hasta que llegaron ellos y se convirtieron en los protagonistas de la narración. Alguien vio un filón informativo cuando una empresa de Galicia, una especie de José Andrés especializada en drones anunció la presentación de un proyecto para realizar un espectacular rescate de los pobres podencos. Se presentaron los papeles y los del PVOLCA se pusieron a estudiar las factibilidades del plan.

Tardaron casi dos semanas en hacerlo, porque el tiempo en un volcán se convierte en una rutina y la muerte en un espectáculo y la catástrofe y la ruina en una fatalidad inevitable. Recuerdo la imagen de la agonía de la niña Omaira, en el Nevado del Ruiz, que dio la vuelta al mundo, rodeada de cámaras sin que nadie hiciera nada por salvarla. Los perros salían todos los días en la tele, eran sus artistas sin nombre que alternaban con la imagen de los cráteres arrojando lava, de las columnas de humo y priroclastos y de las escobas barriendo cenizas en los patios.

A Jerónimo lo llamaron hace unos días. Jerónimo es el político más sensato que han tenido las islas. Aprovechó para recriminar a los periodistas de que estuvieran aprovechando el sensacionalismo de los tres perros en el estanque. Como Jerónimo ya no es nada, algunos se molestaron y le respondieron con evasivas, dando una clase sobre el interés de la noticia, y de lo que es o no lo es dentro de las nuevas técnicas informativas.

Ya se sabe cómo va esto cuando no se tiene nada que contar que aporte un interés nuevo. Le preguntan a una vecina que pasaba por allí y que previamente fue avisada para que esperara varias horas antes de ponerse frente a la cámara y a la alcachofa. Ahora le ponen un micrófono de pinza, casi invisible, y una petaca a la espalda, donde no se vea. Todo estaba preparado para que llegaran los equipos de rescate, con sus trajes de astronautas y un traductor para que los periodistas se familiarizaran con el lenguaje técnico de los drones.

¡Ay qué ver lo que estamos aprendiendo con los expertos! exclaman algunos cuando trasladan el debate inútil a decidir si se dice fajana o isla baja, a distinguir entre magma y lava, entre el manto de la virgen y el de la Tierra, entre piroclastos, lapilli, zahorra o picón, que algunos en la península confunden con el mojo de Caco Senante. En medio de todos estos preparativos se presenta el Equipo A y desbarata la función.

De pronto los drones se quedan sin perros y la prensa sin historia. Antes, un grupo de animalistas le escribe una carta a los perros diciéndoles que estén tranquilos, que pronto irán a por ellos y los acogerán en sus refugios convertidos en residencias de lujo. Pero una voz grabada en un audio avisa que ya están en casa de su dueño. Todo se anuncia bajo el misterio de la clandestinidad, porque no puede ser de otra manera. Por una vez me siento reconfortado al ver que ha ganado la lógica frente a la estupidez de la burocracia y del espectáculo. El próximo premio Canarias de cooperación no se lo podrán dar a los que se han saltado las prohibiciones para llevar a cabo su hazaña. Esta vez se quedará desierto.

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