El charco hondo

Repensar la Isla

Cuando el parto finalice y el volcán deje de vomitar -o, en su caso, cuando se atenga en la recta final del proceso a un patrón de comportamiento- el susto cederá el paso a la convivencia, al día después. Habrá que aprender a vivir con él, dar las vueltas que hagan falta a la situación […]

Cuando el parto finalice y el volcán deje de vomitar -o, en su caso, cuando se atenga en la recta final del proceso a un patrón de comportamiento- el susto cederá el paso a la convivencia, al día después. Habrá que aprender a vivir con él, dar las vueltas que hagan falta a la situación reconvirtiendo el problema que nos ha generado en posibles bazas o fortalezas, construir presente y futuro sobre el mapa que el volcán nos deje en herencia. Ahora cuesta verlo. Con la que está cayendo, y fluyendo, resulta difícil situarse en lo siguiente. Cuando la tierra ronca a todas horas y los científicos acampan en afirmaciones teñidas de interrogantes no es fácil viajar a la vida que vendrá, a La Palma que verá la luz al final de esta lengua de fuego. Es pronto para mirar más allá, o tal vez no tanto. A quienes las coladas han dejado cercados, sin techo, trabajo o negocio, sin cole y sin pasado, cuesta deslizarles que esta cruz puede tener su cara, hablarles de las posibilidades, bazas u oportunidades que la catástrofe puede propiciar, contarles que hay que agitar una tormenta de ideas, y que, tal vez, quizá, algo tan extraordinario puede acabar rejuveneciendo el modelo de una Isla que mucho antes de la erupción estaba pidiendo a gritos repensarse, darse un giro, cambiar de siglo, atreverse con nichos de negocio complementarios a lo conocido. Es pronto, o no. Quizá, tal vez, venga bien incorporar al monólogo de los destrozos del volcán elementos de esperanza que mejoren el ánimo, amortigüen la fatiga y reduzcan el pesimismo de quienes merecen una adecuada gestión de la reconstrucción, sin duda, claro que sí, pero también ilusión, expectativas y futuro. Las generaciones anteriores -de palmeros, y canarios- tienen mucho que contarnos sobre nuestra resistencia, tanto que decirnos, lecciones que darnos sobre cómo sobreponerse a los elementos ganándoles la partida a medio o largo plazo. Hace falta ilusionar para ganar el pulso al volcán. Hay que colar en las conversaciones ideas o propuestas que permitan a la Isla salir más fuerte de lo que entró en este túnel de lava. La fuerza del volcán debe provocar, explorar posibilidades que rejuvenezcan un modelo que necesita una actualización. Ahora que las instituciones son permeables a los dolores de La Palma puede ser el momento de renovar, de avanzar. Quienes nos antecedieron aprendieron a no tirar la toalla, a combatir las dificultades con imaginación, coraje y atrevimiento. Quizá sea el momento para recordarlo y ponernos manos a la obra con el día después. Tal vez sea pronto. Quizá no.