Casi se muere por jediondo

Ya se lo digo yo a ustedes: no lo hagan. Ni se les ocurra. Un chino llamado Peng, de 37 años (bueno, ahora tendrá 39 porque hace un par de años que escapó), sintió un intenso dolor en el pecho, molestia que le hizo acudir al hospital de Fujian, en el suroeste de China. Los médicos creyeron que Peng sufría una neumonía severa, pero pasaban los días y no respondía al tratamiento adecuado, así que se mosquearon. E interrogaron a Peng sobre sus costumbres, en un intento de averiguar la procedencia de tan persistente infección. En uno de estos test sanitarios, los galenos descubrieron que Peng tenía la costumbre de olerse los calcetines cada noche, después de una jornada de trabajo. Nada, una manía. Jedionda, pero manía. Y esa costumbre hizo que los hongos depositados en las fibras de los calcetines se le fueran metiendo, vía nasal, en los pulmones, causándole una gravísima infección que casi le cuesta la vida. Los doctores citaron a Peng en su habitación de enfermos infecciosos y le conminaron a que se dejara de cochinadas; y Peng, azorado, prometió hacerlo. Lo cierto es que el suceso, ocurrido en 2018, está ahora estudiándose en las facultades de medicina de medio mundo. Chinito cochino casi la diña por olerse los calcetines, que no sé si habrán sido expuestos ya en el museo de los horrores, que alguno habrá en China, porque mira que en China se han cometido horrores. Horrores y errores. Así que están avisados los desocupados lectores, por si alguno siente la tentación de darle al calcetín antes de acostarse. No lo hagan. Recuerden que el bueno de Peng, que ha recuperado la sonrisa, casi se va al otro mundo por jediondo. Además, no sé qué satisfacción puede sentir una persona oliéndose los calcetines cada noche; o los mismos ñames. Peng, finalmente, pudo contarlo.

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